sábado, septiembre 19 2026
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Viejos meados por definición si los hay… pero ninguno que represente mas este termino que este músico.

Roger Waters logró algo que muy pocos pueden exhibir sin sonrojarse: ser antisistema durante décadas cobrando en dólares, girando por el mundo y bajando línea desde escenarios que cuestan más que el presupuesto anual de un país pobre. Una proeza ideológica. Un acto de equilibrismo moral digno de aplauso… si no fuera tan obsceno.

Porque Waters no es solo un exmúsico brillante devenido en opinólogo global. Es el manual viviente de lo que pasa cuando el socialismo no madura: no evoluciona, se fosiliza.

Socialismo después de los 25: cuando la rebeldía se convierte en coartada

Ser socialista a los 20 puede ser una etapa.
Serlo a los 30, una discusión.
Serlo a los 70, con mansiones, giras millonarias y discursos de cartón… es una estafa emocional.

Waters tomó ese camino largo: convirtió la indignación juvenil en una carrera vitalicia. Ya no compone ideas: repite consignas. Ya no cuestiona el poder: elige cuidadosamente cuál criticar. No discute: sentencia desde una superioridad moral que nunca se somete a auditoría.

El tipo que escribió The Wall contra el pensamiento en bloque terminó convertido en un bloque ideológico con micrófono y olor a humedad.

Un grande junto a un precoz viejos meados: David Gilmour y Roger Walters componiendo la primera cancion de Pink Floyd
Un grande junto a un precoz viejo meado: David Gilmour y Roger Walters componiendo la primera cancion de Pink Floyd

Free Palestine™ (edición escenario LED, auspicia el capitalismo)

“Free Palestine”, grita Waters, con una convicción tan sólida que no mueve ni un centímetro su estilo de vida. La causa a simple vista es noble hasta que ahondas a fondo, el slogan efectivo y la complejidad histórica irrelevante. Porque el socialismo geriátrico no necesita soluciones: necesita causas eternas.

El rumbo de una vieja meada precoz: Greta Thunberg
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Causas que no se ganan.
Causas que no se cierran.
Causas que permiten seguir indignado sin cambiar nada.

La revolución, como siempre, la hacen otros. Él pone la voz, la pantalla gigante y el precio de la entrada en una moneda imperial.

Anti imperialismo, pero con aire acondicionado

Waters odia al imperio… salvo cuando el imperio es el suyo. Odia a Estados Unidos, pero gira por Estados Unidos. Odia el capitalismo, pero lo maneja mejor que cualquier CEO. Odia el colonialismo, pero solo el que queda bien denunciar.

Y acá aparece el detalle que el relato prefiere barrer debajo de la alfombra.

Malvinas, 1982: el silencio que no entra en el show

Hay algo que al socialista veterano no le gusta que le pregunten. No porque no tenga respuesta, sino porque la respuesta arruina el personaje.

En disputa: Islas Malvinas, un paraíso en el Atlántico Sur
En disputa: Islas Malvinas, un paraíso en el Atlántico Sur

Mientras hoy Roger Waters se presenta como paladín anticolonial, en aquel momento su postura fue clara, cómoda y sin matices: pro británica. Nada de consignas pacifistas. Nada de ambigüedades. El imperio, cuando es propio, no parece tan malo.

Lo verdaderamente incómodo es que el resto de Pink Floyd —sí, los mismos rockstars millonarios— tuvieron una postura mucho más cercana a Argentina, entendiendo que el reclamo por Malvinas no implicaba defender a la dictadura, sino reconocer un conflicto colonial real.

Waters eligió otra cosa: el silencio elegante del imperio correcto.

Colonialismo selectivo, la coherencia a Marzo

No hay “Free Malvinas”.
No hay pantallas denunciando bases militares británicas en el Atlántico Sur.
No hay discursos encendidos contra la ocupación.

Porque algunas causas no son exportables. No quedan bien en el pasaporte, no suman likes en Europa y obligan a mirarse al espejo.

Y el socialismo en general le tiene pánico a eso: a la coherencia.

La causa perdida como zona de confort

Waters no milita soluciones. Milita “marketing rebelde”. Elige conflictos lejanos, complejos y eternos porque nunca lo obligan a rendir cuentas. Malvinas, en cambio, es concreta, histórica y deja en evidencia de qué lado estabas cuando importaba.

Por eso no se nombra.
Por eso no se pregunta.
Por eso se tapa con consignas más cómodas.

El muro final

Roger Waters no envejeció mal: se volvió putrefacto. Cambió la rebeldía por el sermón, la crítica por el slogan y la coherencia por una agenda curada para no incomodar a nadie importante.

Grita contra el imperialismo, pero sus silencios siempre caen del lado correcto del mapa. Denuncia colonizaciones lejanas mientras evita las que hablan su idioma y pagan sus regalías.

Waters no milita ideas; administra una marca hecha de consignas seguras, causas eternas y enemigos a distancia.

No es un traidor, ni un villano. Es algo peor: un símbolo perfectamente funcional del sistema que dice odiar.

En definitiva: el rey de los viejos meados.

Y ahí está, cerrando el show entre aplausos, luces y ovaciones, convencido de que sigue del lado correcto de la historia.

Mientras la historia, como siempre, sigue pasando sin pedirle permiso.