Patagonia en llamas: la secta identitaria que quema bosques y se cree soberana
Todos los años lo mismo.
La Patagonia arde, los bosques se reducen a cenizas, las comunidades quedan a la deriva. Y cuando el humo empieza a disiparse, aparece el libreto de siempre: no fueron ellos, fue Israel, fueron los judíos, fue un enemigo externo omnipotente y abstracto.
Hablamos de una militancia identitaria radicalizada, cerrada, dogmática, que se autopercibe mapuche, se coloca por fuera del Estado, por fuera de la ley y por encima de cualquier crítica. Una secta política que usa la identidad como blindaje y el incendio como método.

El fuego no es accidente: es el mensaje
Los incendios no son espontáneos ni azarosos. Se repiten año tras año, en zonas estratégicas, con patrones conocidos.
No hay rayos selectivos ni sequías ideológicas. Hay incendio intencional.
El bosque no importa.
La fauna no importa.
Las poblaciones locales no importan.
Lo que importa es el símbolo: el humo como bandera, el fuego como acto político. Destruir para imponer un relato.
La ley argentina arruina la fantasía onanista
Hay un dato que esta militancia omite sistemáticamente porque destruye su conspiración favorita.
En Argentina, la Ley 27.604 de Manejo del Fuego establece que:
-
Las tierras con bosques nativos incendiadas no pueden cambiar su uso por 30 años.
-
En áreas protegidas, la prohibición se extiende a 60 años.
No se puede urbanizar.
No se puede vender.
No hay negocio inmobiliario posible.
Quemar no beneficia a empresarios, no beneficia a Israel, no beneficia a “intereses judíos”.
Quemar sólo beneficia al relato victimista de quienes necesitan el caos para existir políticamente.
Cuando el relato se cae, aparece el antisemitismo
Sin pruebas, sin sustento legal y sin lógica, el discurso deriva siempre al mismo lugar:
conspiraciones globales, sionismo, judíos, poder extranjero.
El antisemitismo no es un error ni un exceso: es el síntoma clásico del fanatismo.
Cuando no hay argumentos, se inventa un enemigo absoluto.
Cuando no hay responsables asumidos, se señala a una comunidad histórica y vulnerada como chivo expiatorio.
Es viejo. Es burdo. Y es peligrosamente funcional.
Autopercepción como poder: el delirio soberano
El núcleo del problema está acá: la autopercepción elevada a autoridad política.
“Soy mapuche”, dicen.
Y de ese acto declarativo deducen soberanía, territorio, impunidad y legitimidad para la violencia.
Llevado al absurdo —que es donde siempre termina— no es distinto de que alguien se autoperciba rey, monarca o emperador de la Patagonia.
Podrá sentirlo profundamente.
Podrá vestirse con túnicas reales o taparrabos.
Pero no obtiene un trono, ni un reino, ni derecho a incendiar nada.
Creerse rey no te convierte en monarca.
Autopercibirse autoridad no suspende la ley ni la soberania de un país.
El victimismo y la identidad como coartada
Esta militancia no representa comunidades reales ni tradiciones vivas.
Representa un dogma identitario con tradición anarquista, donde:
-
toda crítica es “colonialismo”,
-
toda investigación es “persecución”,
-
toda duda es “negacionismo”.
Así funcionaban las sectas como las de Charles Manson: primero el dogma, después los actos peligrosos.
La identidad deja de ser cultura inocente y pasa a ser arma política.
Ni resistencia ni justicia: sólo tierra arrasada
Los bosques no vuelven.
Las economías regionales colapsan.
Pero la secta identitaria no habla de eso.
Habla de enemigos imaginarios, de conspiraciones globales y de una soberanía que sólo existe en su discurso.
Porque sin fuego, sin humo y sin delirio conspirativo, su relato se derrumba.
La Patagonia no necesita reyes autoproclamados, ni mártires identitarios, ni incendiarios místicos.
Necesita ley, responsabilidad y verdad.
Y alguien tenía que decirlo sin rodeos:
quemar bosques y culpar a los judíos no es resistencia; es fanatismo envuelto en autopercepción.


