sábado, septiembre 19 2026
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Hay provincias pobres.
Hay provincias mal administradas.

Y después está Tierra del Fuego, que logró algo más sofisticado: autoboicotearse por ley mientras se creia moralmente superior.

La Ley 1355, impulsada bajo el infantilismo greenpeaceano más básico, prohibió la salmonicultura en una provincia rodeada de mar, con condiciones naturales excepcionales para producir proteína de exportación.

El resultado no fue un santuario ecológico. Fue dependencia, subsidio eterno y llanto institucionalizado.

Y como si faltara remate, cuando Milei baja los impuestos de importación para productos tecnológicos, dejando en evidencia el curro histórico del ensamblado, Tierra del Fuego entra en pánico.

La provincia que prohibió producir alimentos premium se queja porque ya no puede atornillar juguetes made in China con protección fiscal.

El “polo tecnológico” que nunca fue tecnología

Seamos serios por un segundo.

El régimen fueguino no creó tecnología:

  • No diseñó chips
  • No desarrolló patentes
  • No exportó innovación

Fue ensamblaje subsidiado, sostenido a fuerza de precios altos al resto del país.

Una burbuja artificial que solo funcionaba mientras el Estado distorsionaba el mercado.

Cuando Milei pincho esa burbuja, el modelo se cayo.

Y ahí aparece el grito: “nos están destruyendo”.

No.
Solo dejaron de proteger una ficción.

Mientras tanto, el oro sigue nadando en el agua

Lo obsceno no es que se haya caído el ensamblado.
Lo obsceno es que
Tierra del Fuego tenía una alternativa real, exportadora y competitiva… y la prohibió.

La salmonicultura:

  • Genera dólares reales
  • Produce empleo calificado
  • Compite en mercados globales
  • No depende de aranceles artificiales

Pero eso implicaba regular, controlar y producir, no declamar virtudes verdes desde un atril.

Folguera y el cuento de terror de las “megafactorías”

Guillermo Folguera, investigador del CONICET (quien tiene los mismos vicios militantes y magufos que el fallecido Andres Carrasco contra los alimentos transgenicos), describe la salmonicultura como si fuera una distopía industrial inevitable: tubos gigantes, millones de peces hacinados, mar envenenado y ecosistemas muertos.

El problema es que describe el peor modelo posible y lo presenta como destino obligatorio.

“100.000 peces por tubo”

Dato aislado, sin contexto, usado para asustar.
En acuicultura moderna importa la
densidad por metro cúbico, no el número bruto.

Es como decir que un hospital es inhumano porque tiene mucha gente adentro.

“Hacinamiento y enfermedades”

Argumento viejo.
Noruega, Canadá y Escocia redujeron el uso de antibióticos a niveles mínimos gracias a:

  • Vacunación
  • Selección genética
  • Monitoreo permanente

Dato mata relato:

Argentina usa más antibióticos en la ganadería vacuna que la salmonicultura noruega por kilo producido.

Pero eso Folguera no lo dice.

“Se pudre el fondo del mar”

Sí, si manejás mal la actividad.

Igual que con:

  • Feedlots
  • Puertos
  • Ciudades
  • Cloacas

La diferencia es que el fondo marino se mide, se monitorea y se regula.
La solución adulta es mejorar controles.
La solución infantil es prohibir todo.

Chile: el comodín moral mal usado

Chile tuvo problemas ambientales.
¿Sabés qué hizo Chile?

No prohibió la salmonicultura.

  • Endureció regulaciones
  • Cerró centros ineficientes
  • Profesionalizó controles

Resultado:

Sigue siendo potencia exportadora.

Si el modelo fuera “invivible”, como dicen los hambrientalistas argentinos:

  •  La industria habría colapsado
  • Los mercados la habrían expulsado

Nada de eso pasó.

Chile aprendió.
Argentina prohibió.

“Van a envenenar el mar”: propaganda con guardapolvo

Cuando Folguera dice que habilitar salmonicultura es “envenenar el mar”, deja la ciencia y entra en la militancia.

Nadie propone:

  • Barra libre de antibióticos
  • Ausencia de controles
  • Patente de corso empresarial

Eso es una caricatura útil para:

  • Asustar vecinos
  • Presionar legisladores
  • Justificar el subdesarrollo

La contradicción fueguina: prohibir producir y exigir subsidios

El esquema es delirante:

  • Producir salmón: “ecocidio”
  • Ensamblar juguetes chinos con energía subsidiada: “industria”
  • Competir en mercados globales
  • Pedir protección eterna

Eso no es ambientalismo.
Es
decadencia con superioridad moral.

Milei no los mató: dejó de sostener la mentira

La baja de impuestos de Milei no destruyó Tierra del Fuego.
Solo dejó en evidencia que
nunca quiso crecer.

Porque crecer implicaba:

  • Producir algo propio
  • Regular en serio
  • Bancarse el costo político
  • Mandar a Greenpeace a pelar arvejas, no a legislar

Tierra del Fuego tenía oro en el agua.
Eligió prohibirlo.

Ayer se derogó la Ley 1355: avanzamos como país serio

Y acá viene la buena: ayer la Ley 1355 fue derogada.

No fue un accidente.
No fue un gesto simbólico.

Fue la afirmación de que Argentina quiere ser un país serio, competitivo y con sentido común productivo.

Derogar la 1355 significa:

Recuperar la posibilidad de producir una industria exportadora en aguas fueguinas.

Apostar a regulación, no a prohibición.

Dejar atrás el relato victimista y abrazar la realidad productiva.

Tierra del Fuego puede dejar de ser un museo del atraso fiscal y empezar a ser parte de una Argentina que produce para el mundo.

El salmón no es un cuco.
Es
una oportunidad.

La salmonicultura bien regulada no destruye ecosistemas.
Los cuentos de terror sí destruyen economías.

Argentina no necesita más prohibiciones.
Necesita
reglas claras, control serio y producción competitiva.

Ayer dimos un paso.

Hoy podemos decir: avanzamos como país serio.