El agua “sí” se negocia desde hace años: la hipocresía del grifo cerrado y la botella abierta
Mientras el dogma ambientalista del agua paraliza la matriz productiva de Mendoza bajo el lema de la escasez, las embotelladoras exprimen el recurso sin grandes debates públicos. Una contradicción que huele a cinismo y que deja a la provincia a mitad de camino entre el relato y la realidad.
El mantra es conocido y se repite en cada marcha de la provincia por parte de los ambientalistas: “El agua de Mendoza no se negocia”. Es el grito de guerra que ha frenado proyectos mineros y desarrollos industriales durante décadas. Sin embargo, basta caminar por los pasillos de cualquier supermercado para entender que, en realidad, el agua se negocia hace años; solo que el negocio tiene otros dueños y una mejor campaña de marketing.
La contradicción es flagrante. Mientras la minería moderna es sometida a un escrutinio asfixiante bajo el paraguas de la Ley 7722, la industria del agua envasada opera en un limbo de aceptación social que pocos se atreven a cuestionar. Se extrae, se etiqueta y se vende, mientras el discurso público sigue anclado en una defensa del recurso que parece ser, cuanto menos, selectiva.
Sobre este doble estándar, Carolina Fadrique, Socia Gerenta de InnovaGroup —consultora especializada en proyectos productivos— fue tajante en una reciente columna publicada por El Ciudadano: “Nos han vendido una épica de resistencia que solo se aplica a ciertos sectores. Gritan que el agua no se negocia, pero el agua se negocia hace años frente a nuestros ojos, embotellada y con etiqueta de pureza mineral”.
La pregunta que subyace es técnica, pero sobre todo política: ¿Por qué un proyecto minero con circuitos cerrados y controles internacionales es tratado como el “enemigo público”, mientras que una planta que extrae, envasa y exporta el recurso en camiones es vista como una industria inocua? La respuesta no parece estar en el cuidado del medio ambiente, sino en la comodidad de un relato que prefiere ignorar los datos.
Fadrique advierte que este sesgo está condicionando el futuro económico de la región. “Mendoza vive en una esquizofrenia productiva. Por un lado, nos negamos a discutir el desarrollo industrial serio por miedo a la escasez, pero por el otro permitimos que el recurso se mercantilice sin que deje un valor agregado real en la matriz económica local”.
La defensa del agua es parte del ADN mendocino, pero el fundamentalismo parece haber nublado el juicio sobre qué significa realmente cuidar el recurso. Gestionar no es prohibir; gestionar es eficientizar y, sobre todo, ser honestos con los números sobre la mesa. No se puede defender el agua con una mano y firmar concesiones de extracción para embotellado con la otra sin que medie un debate serio sobre las regalías y el impacto real.
“Es hora de que los mendocinos despertemos de este letargo ideológico”, concluye Carolina Fadrique. “Si realmente queremos proteger el agua, debemos discutir cómo la usamos para generar riqueza y empleo de calidad, no simplemente regalarla para que alguien más le ponga una tapa de plástico y nos la venda de vuelta”.
Al final del día, la próxima vez que escuchemos que el agua no se negocia, habrá que mirar bien qué tenemos en la mano. Lo más probable es que sea una botella de plástico que demuestra que, en Mendoza, el agua tiene precio hace mucho tiempo.




