sábado, septiembre 19 2026
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En la víspera de una votación clave sobre el proyecto minero San Jorge —el polémico avance cuprífero que dividirá a Mendoza este martes por la mañana— Jorge Difonso decidió integrar a su espacio a la diputada nacional Lourdes Arrieta. Y lo hace justo cuando el eje político central de la provincia gira en torno a la minería, la licencia social y la coherencia ambiental. Un timing quirúrgico… o suicida. Porque si ya había inconsistencias en la postura “ambientalista” que Difonso intenta defender desde fuera de cualquier cargo, sumar a Arrieta —con su historial de mudanzas políticas y su oportunismo parlamentario— roza la autoconfesión de hipocresía.

Difonso, que no fundó Provincias Unidas pero actuó como uno de sus voceros locales tras perder estrepitosamente en las últimas elecciones, se encuentra hoy intentando reclamar autoridad moral en una batalla ambiental que su espacio no logró ni capitalizar electoralmente ni sostener con cohesión interna. Mientras tanto, Arrieta llega ocupando un escalafón más alto: diputada nacional, integrante del bloque que usa la misma marca partidaria, y con una visibilidad que ahora eclipsa al dirigente que pretende “ordenar” el espacio desde el llano. Una ironía casi perfecta: la única representante electa del partido es la recién llegada, no el referente histórico del discurso verde.

En un contexto donde la discusión ambiental debería requerir consistencia y solvencia técnica, Difonso decide sumar a la figura más inestable de la política mendocina reciente. Arrieta, cuya trayectoria pasa por más bloques que un turista por bodegas un fin de semana largo, se convierte así en la cara visible de un espacio que dice resistir el avance de proyectos mineros, pero que naufraga entre contradicciones internas y derrotas electorales aplastantes frente a la alianza Cornejo–La Libertad Avanza.

La movida expone una tensión evidente, y es que mientras Mendoza debate su futuro minero con una intensidad sin precedentes, el espacio “ambientalista” que debería representar una oposición clara aparece deshilachado, errático y entregado a incorporaciones que no suman coherencia, sino ruido. Difonso intenta sostener un discurso pseudoambientalista que ya fue rechazado por las urnas, y ahora lo mezcla con la incorporación de una diputada cuya brújula política rota según la presión del día.

Los defensores de la movida aseguran que Arrieta “aporta volumen”, “refuerza la marca” y “da proyección nacional”. Sin embargo, la proyección sin dirección solo genera sombras. Y el ambientalismo sin votos, sin programa sólido y sin vocación de consistencia termina siendo un decorado retórico. Algo que se enuncia para diferenciarse, pero que no se ejerce con seriedad.

La paradoja es brutal. Mientras Mendoza enfrenta la decisión minera más importante desde la derogación de la 7722, el sector político que debería liderar el ambientalismo mendocino se reconfigura en función de conveniencias, no de convicciones. Difonso, sin cargo, aporta el relato. Arrieta, con banca, aporta la geometría legislativa. Ninguno aporta claridad.

Y así, en el peor momento posible, Provincias Unidas suma volumen pero pierde identidad. Arrieta gana centralidad; Difonso pierde autoridad; y el ambientalismo político mendocino confirma lo que los votantes ya señalaron en las urnas: que la incoherencia disfrazada de “defensa del territorio” no alcanza, no convence y no resiste el escrutinio cuando el cobre entra en la discusión.