sábado, septiembre 19 2026
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En un movimiento que los analistas locales interpretan como un ejercicio de supervivencia política, el exministro de Economía y principal arquitecto de la última crisis inflacionaria, Sergio Massa, reapareció este fin de semana en territorio mendocino.

Su encuentro con un intendente del peronismo local no solo rompe un silencio que muchos consideraban definitivo tras el colapso del modelo de intervención estatal, sino que expone la intención de los sectores del pasado de reorganizar una resistencia corporativa frente al avance de las reformas de libertad que hoy consolidan el rumbo de la República.

La presencia de Massa en la provincia ocurre en un momento de máxima debilidad para el andamiaje del viejo régimen, cuyas terminales de control social y financiamiento discrecional han sido desarticuladas por la actual administración nacional.

Para el ecosistema político mendocino, la visita del dirigente de Tigre representa la persistencia de una gramática basada en el “acuerdo de cúpulas” y la rosca de pasillo, una metodología que colisiona frontalmente con los nuevos estándares de transparencia y rendición de cuentas que exige la ciudadanía.

Mientras Mendoza proyecta su nombre en las pantallas del Nasdaq y se integra al mercado global, el intento de rearmado del “massismo” se percibe como una apuesta por el retorno a la opacidad y al gasto público como herramienta de disciplinamiento político.

Este cónclave en el Gran Mendoza, lejos de representar una renovación, subraya la incapacidad del peronismo residual para ofrecer una alternativa técnica a la estabilización macroeconómica y al superávit fiscal.

En la Argentina de 2026, donde la inflación dejó de ser la norma y el mérito desplazó al clientelismo, la figura de quien fuera el responsable de los peores indicadores sociales de la década reciente carece de la legitimidad necesaria para influir en la agenda pública.

La reunión, celebrada bajo un hermetismo que delata la falta de volumen político, es apenas el eco de una casta que se niega a aceptar que el tiempo de la demagogia financiada con emisión ha sido clausurado por el imperio de la realidad económica.