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La decisión de Donald Trump de flexibilizar las sanciones al diésel ruso y su posterior anuncio de un alto el fuego energético con Ucrania marcaron otro giro brusco en la política exterior estadounidense. La crisis del combustible, la guerra con Irán y las elecciones intermedias estadounidenses se entrecruzan con un conflicto que lleva más de cuatro años. Vladimir Putin recupera interlocución con los Estados Unidos, mientras Volodímir Zelenski enfrenta nuevamente presiones por parte de la Casa Blanca.

Esta semana dejó al descubierto otro giro abrupto en la diplomacia estadounidense hacia la guerra entre Rusia y Ucrania. Donald Trump, que durante buena parte de su segundo mandato alternó presiones sobre Moscú con intentos de aproximación a Vladimir Putin, avanzó esta vez sobre las sanciones energéticas, uno de los principales instrumentos de presión económica utilizados por EEUU y la UE desde el comienzo de la invasión rusa en febrero de 2022.

El viernes 9 de octubre, después de una conversación con el presidente ruso, Trump anunció un acuerdo para facilitar el suministro de millones de toneladas de diésel ruso a los mercados estadounidenses e internacionales. Dos días después, el domingo 11, comunicó unilateralmente que Moscú y Kiev habían alcanzado una tregua sobre los ataques a instalaciones energéticas.

Sin embargo, el anuncio presidencial no equivalía a un alto el fuego efectivamente acordado y aplicado por los dos países. El gobierno ucraniano manifestó que desconocía los términos concretos, mientras que Rusia todavía no había confirmado públicamente su adhesión. Al mismo tiempo, Moscú continuaba los bombardeos contra infraestructura ucraniana.

Esta engorrosa situación, no es más que una continuación de lo que hemos sido testigos durante estos últimos casi 3 años. La tensión permanente en la política exterior trumpiana de hacer gala de su inefable “realismo geopolítico” crudo y bruto, que (supuestamente) pone en prioridad exclusivamente a los intereses estadounidenses, llevándose puesto de por medio su relación con sus socios y aliados históricos europeos y derribando todos los pilares sobre los cuales se había construido la política exterior estadounidense durante el último medio siglo.

Trump y Putin

Combustible demasiado caro: la economía doméstica condiciona la política exterior

El punto de inflexión se produjo el viernes 9 de octubre. Trump informó que había conversado con Putin y que Rusia se comprometía a colocar inmediatamente más de 300.000 toneladas de diésel en el mercado, seguidas por otras 500.000 toneladas durante noviembre y un millón adicional posteriormente. También mencionó la posibilidad de liberar otros tres millones de toneladas en un plazo relativamente breve, dependiendo de la capacidad operativa de las refinerías rusas.

El Departamento del Tesoro estadounidense acompañó el anuncio con una autorización temporal que flexibilizó determinadas restricciones comerciales sobre el combustible ruso. La medida representó un cambio drástico en la política de sanciones que Washington ha sostenido hasta ahora para limitar los ingresos energéticos que financian la invasión rusa en Ucrania.

La explicación inmediata debe buscarse lejos del propio escenario del conflicto ruso-ucraniano. La guerra entre Estados Unidos e Irán y las alteraciones del suministro de petróleo procedente de Medio Oriente provocaron un fuerte encarecimiento de los combustibles. En Estados Unidos, el precio del diésel se aproximó a niveles excepcionalmente elevados, afectando actividades esenciales como el transporte de mercancías, la producción agropecuaria y la logística industrial.

Esto ha generado una situación políticamente delicada para la Casa Blanca. El próximo 3 de noviembre se celebrarán las elecciones legislativas de mitad de mandato, en las que el Partido Republicano deberá defender su posición en el Congreso. El aumento de los precios de los combustibles constituye la principal preocupación para los votantes y un factor de desgaste calamitoso para las proyecciones electorales del trumpismo.

Trump necesita revertir esta situación. En ese contexto, ampliar la oferta internacional de diésel parece una buena idea. Aunque hacerlo liberando presiones sobre uno de los enemigos naturales de EEUU, Rusia, no es algo tan sencillo como a los partidarios del “realismo” sin complejos les gustaría.

Esto, como mínimo, subyace como una contradicción estratégica absoluta. Mientras Estados Unidos ha buscado los últimos años restringir los recursos económicos disponibles para financiar la guerra rusa en Ucrania, flexibilizar parcialmente esas restricciones para atender sus necesidades energética, significa nuevamente presionar a los propios para favorecer a los ajenos.

La magnitud del alivio económico que generaría el acuerdo, además, dista de ser suficiente para revertir la crisis de los precios. Analistas del mercado energético advirtieron que las cantidades comprometidas resultarían limitadas frente a la demanda mundial y que las dificultades logísticas, entre otras, impedirían un efecto inmediato de gran magnitud sobre los elevados precios, lo que difícilmente pueda alcanzar para cosechar una victoria política de cara al próximo 4 de noviembre.

Sabemos, entonces, que la dimensión económica no puede ser el único factor que opere para la consecución de esta jugada. El acuerdo posee una dimensión geopolítica que excede ese eventual impacto deseado en los precios. Con este acuerdo, Washington vuelve a reconocer a Moscú como un interlocutor válido, en este caso, para resolver un problema central de la economía global. Esto se puede ver como el enésimo invento de acercamiento de Trump a Rusia, y el enésimo destrato a sus propios aliados.

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Putin recupera margen diplomático sin modificar sus objetivos militares

Para Vladimir Putin, el entendimiento representa otra oportunidad para acercar posicones con los Estados Unidos mientras continúa su cruenta guerra a las puertas de Europa.

Desde 2022, las potencias occidentales utilizaron las sanciones comerciales, financieras y energéticas para infringir un costo alto a la invasión rusa. La reciente flexibilización estadounidense introduce una ruptura de ese esquema y abre un debate sobre la coherencia y la continuidad de todas las restricciones en general.

El giro es especialmente abrupto porque se produjo apenas semanas después de que Trump firmara nuevas disposiciones sancionatorias dirigidas contra la economía energética rusa.

El Kremlin recibió favorablemente el anuncio. Kirill Dmitriev, representante presidencial ruso, sostuvo que la cooperación energética entre ambos países beneficiaría al mercado internacional.

No obstante, conviene disgregar el potencial beneficio diplomático del beneficio financiero para el gigante euroasiático. Especialistas señalaron que los ingresos adicionales de las exportaciones de diésel resultarán muy modestos en relación con el presupuesto ruso. Tampoco se espera que Moscú pueda cumplir todos los volúmenes anunciados dentro de los plazos establecidos. Lo que sí quedó demostrado fue la disposición de Washington a flexibilizar sanciones en el marco de una negociación bilateral con Putin.

El mandatario ruso consiguió que una cuestión comercial central en la agenda estadounidense, le diera un salvoconducto diplomático, aun cuando no había dado ningún paso equivalente hacia la terminación de las hostilidades, que el mismo prolonga insistentemente. El entendimiento energético avanzó más rápidamente que las negociaciones para poner fin a la guerra.

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Zelenski, otra vez bajo presiones

La reacción del presidente ucraniano no se hizo esperar. Volodímir Zelenski cuestionó abiertamente y sin tapujos la decisión de Trump, considerando que permitir nuevas ventas de combustibles rusos proporcionará recursos adicionales a la potencia invasora que continúa perpetrando la agresión contra su país. En una entrevista concedida a Axios el 9 de octubre, calificó el acuerdo como injusto y expresó su decepción por la manera en que Washington comunicó la medida.

Esa respuesta refleja el difícil equilibrio diplomático de Kiev. Ucrania necesita garantizarse el respaldo militar, tecnológico y financiero estadounidense, especialmente en materia de defensa aérea e inteligencia. Pero, al mismo tiempo, debe presionar a Washington para que no se den concesiones comerciales o diplomáticas a Moscú, sin contrapartidas verificables.

La controversia se profundizó cuando Trump también exigió a Ucrania detener sus ataques contra refinerías rusas. Para Kiev, estas instalaciones constituyen objetivos estratégicos vinculados a la capacidad económica y logística de Rusia. Los ataques ucranianos sobre la infraestructura petrolera buscan reducir la capacidad de refinación, dificultar el abastecimiento de combustible y elevar los costos de la campaña militar rusa y son un elemento clave en la defensa de su territorio.

El sábado 10 de octubre, Trump criticó duramente esas operaciones y reclamó que se interrumpieran. Washington ha llegado a ejercer presión sobre Ucrania mediante advertencias relativas a limitar el apoyo militar y de inteligencia.

La posición ucraniana fue tajante. Kiev no aceptaría suspender los ataques a las refinerías rusas a no ser que Moscú detenga sus bombardeos contra la infraestructura energética de Ucrania. La reciprocidad en el acuerdo constituye la diferencia fundamental entre una tregua viable y real, de una suspensión unilateral de operaciones que solo implicaría una desventaja estructural inaceptable para Ucrania.

Para Zelenski, renunciar a los ataques contra el sistema petrolero ruso mientras continúan los bombardeos sobre sus centrales eléctricas significaría conceder una ventaja militar sin obtener ninguna garantía equivalente.

La pretendida tregua no existe en el terreno

El domingo 11 de octubre, Trump sorprendió al anunciar en su red social Truth Social que Rusia y Ucrania habían alcanzado un alto el fuego energético de aplicación inmediata.

El anuncio pretendía establecer una suspensión de los ataques contra instalaciones relacionadas con la producción, refinación y distribución de energía. Su importancia era capital, la infraestructura energética se había convertido en uno de los escenarios centrales del conflicto ruso-ucraniano.

Las horas posteriores mostraron la distancia entre las pretensiones de Washington y los acontecimientos de la vida real. Zelenski declaró que Ucrania estaba dispuesta a respaldar una tregua, pero aclaró que esperaba recibir detalles de Estados Unidos y que resultaba indispensable contar con un compromiso ruso equivalente. Moscú, por su parte, no ha emitido declaraciones públicas sobre el acuerdo.

Mientras tanto, los ataques rusos continuaron como si nada. Una instalación eléctrica en Kiev fue alcanzada por drones y se registraron nuevos ataques contra infraestructura energética en Járkov. Las autoridades ucranianas informaron interrupciones del suministro eléctrico.

La situación expuso el problema fundamental de la inexistente negociación. Un anuncio no puede convertirse en un alto el fuego efectivo sin condiciones claramente establecidas, aceptación de los contendientes y mecanismos capaces de verificar el cumplimiento de condiciones específicas.

La diplomacia estadounidense intenta colocar sobre la mesa una propuesta de desescalada, pero la guerra energética no ha terminado. Tampoco terminará en la medida en la que ni Rusia ni Ucrania están dispuestos a aflojar en su envite contra el rival, en un escenario donde no es conveniente ni rentable ceder para ninguno de los dos bandos.

Washington vuelve a presionar a Kiev

La embestida de Trump contra Zelenski no quedó solo en la cuestión energética. Durante el fin de semana, el presidente estadounidense criticó públicamente al mandatario ucraniano y llegó a plantear la necesidad de un cambio de liderazgo en Kiev.

Además, funcionarios estadounidenses advirtieron a Ucrania sobre posibles restricciones al suministro de armamento y asistencia de inteligencia si continuaban las operaciones contra instalaciones petroleras rusas. Entre los mecanismos afectados se mencionó el programa gestionado mediante la OTAN que permite a los aliados europeos adquirir armamento estadounidense destinado a Ucrania. Las implicancias de estas declaraciones no son para nada menores.

Desde el comienzo de la invasión, Estados Unidos constituye uno de los principales proveedores de asistencia militar a Kiev. La posibilidad de condicionar esos suministros otorga a Washington un instrumento de presión particularmente importante sobre las decisiones estratégicas ucranianas.

Pero las exigencias de Donald Trump también encontraron resistencias dentro del propio país. Legisladores republicanos y demócratas cuestionaron el entendimiento energético con Rusia. Un grupo bipartidista de senadores pidió revertir la decisión, argumentando que podía entrar en conflicto con la legislación que restringe las importaciones energéticas rusas.

La cuestión jurídica todavía requiere precisiones, dado que el Departamento del Tesoro emitió el 9 de octubre la Licencia General 135, que autoriza determinadas operaciones de comercialización, entrega e importación de diésel de origen ruso.

La controversia revela una dificultad adicional para Trump. La política hacia Rusia no solamente genera desacuerdos con Ucrania y Europa, sino también dentro de las filas de su propio partido y bancada en el Congreso.

El riesgo de una nueva fractura transatlántica

Las movimientos de Washington nuevamente despertaron preocupación entre los aliados europeos. Los gobiernos de Francia y otros países europeos, así como la Comisión Europea, reafirmaron su respaldo a Ucrania y reclamaron que cualquier suspensión de ataques tuviera carácter efectivo y recíproco.

El presidente francés, Emmanuel Macron, manifestó su apoyo a una tregua energética real, mientras que Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, respaldó el planteo ucraniano de proteger las instalaciones energéticas de ambos países.

Para Europa, el problema excede la discusión sobre el precio del diésel. Las sanciones contra Rusia constituyen parte de una estrategia más amplia destinada a limitar su capacidad financiera y a respaldar la seguridad del continente. La flexibilización unilateral de restricciones estadounidenses obliga a los gobiernos europeos a reconsiderar la coordinación de sus políticas comerciales y diplomáticas.

También introduce nuevas dudas acerca de la estabilidad de la relación transatlántica. Estados Unidos tiene un papel decisivo dentro de la OTAN, pero la administración Trump está tensionando constantemente la convivencia dentro de la alianza en nombre de su magistral y revolucionario ultra-realismo geopolítico.

La cuestión central es si Washington y Bruselas podrán sostener una posición coordinada frente a Moscú mientras negocian desde posturas cada vez más diferenciadas.

 

La dimensión internacional: Irán, petróleo y poder de negociación

La guerra en Ucrania no puede analizarse aisladamente de la crisis de Medio Oriente.

El conflicto con Irán y las restricciones sobre el transporte de hidrocarburos a través del estrecho de Ormuz contribuyeron a elevar los precios internacionales de los combustibles. Esa presión sobre el mercado energético fue un factor determinante en la búsqueda estadounidense de nuevas fuentes de suministro.

Por esa razón, Trump vinculó públicamente la incorporación de diésel ruso con su expectativa de reducir los precios internacionales.

Rusia, objeto de sanciones occidentales por su invasión de Ucrania, aparece nuevamente como proveedor potencial de energía para aliviar las consecuencias económicas de otro conflicto internacional en el que está involucrado Estados Unidos.

Esta interdependencia modifica los incentivos diplomáticos. Moscú dispone de un recurso comercial que Washington considera útil. Kiev observa cómo los ataques contra las refinerías rusas, que forman parte de su estrategia de presión militar y económica, generan fricciones con su principal socio de seguridad. Europa intenta preservar las sanciones mientras enfrenta sus propias necesidades energéticas.

 

¿Qué implicancias tiene para la Argentina?

Aunque los acontecimientos transcurren a miles de kilómetros, sus consecuencias también alcanzan a la economía nacional.

El precio internacional del petróleo y de sus derivados influye sobre los combustibles, los costos del transporte, la producción agropecuaria y los precios de numerosos bienes, y, en su defecto, en toda la economía en su conjunto. Un mercado energético internacional más estable puede moderar algunas de esas presiones; una nueva escalada militar las intensificará. En Mendoza, provincia con actividad petrolera, producción agrícola, agroindustria y una importante dependencia del transporte terrestre, estas variables merecen especial atención.

La relación tampoco es exclusivamente negativa. La Argentina cuenta con producción de hidrocarburos y un gran potencial exportador. Los precios internacionales más elevados favorecerán determinados ingresos de empresas productoras y proyectos energéticos, al mismo tiempo que encarecen combustibles e insumos para otros sectores de la economía. El efecto final depende de la evolución de los precios, del volumen de producción, de los costos internos y de las decisiones de política económica.

Confrontacion entre potencias en ruinas

Putin, Zelenski y Trump: el malo, el bueno y el feo.

Donald Trump busca disminuir las presiones sobre los precios de los combustibles estadounidenses, obtener resultados diplomáticos visibles y fortalecer su posición política antes de las elecciones legislativas del 3 de noviembre. El acuerdo sobre el diésel y el anuncio de la tregua energética responden a esos objetivos, aunque sus resultados concretos siguen siendo inciertos.

Vladimir Putin mantiene las operaciones militares rusas y, simultáneamente, aprovecha las oportunidades de negociación comercial con Washington. El levantamiento parcial de restricciones al diésel representa una apertura económica y diplomática, sin que hasta ahora exista una concesión militar rusa equivalente.

Volodímir Zelenski intenta preservar el respaldo estadounidense y europeo sin aceptar una suspensión unilateral de sus operaciones contra la infraestructura petrolera rusa. Su propuesta exige que cualquier tregua incluya garantías y obligaciones recíprocas.

Washington busca resultados económicos inmediatos; Moscú procura conservar su capacidad de negociación; Kiev exige garantías de seguridad y protección frente a los ataques rusos. El alto el fuego anunciado por Trump será viable únicamente cuando esas tres posiciones contrapuestas puedan acordar compromisos verificables.

Nada detiene la guerra

La energía es un instrumento diplomático tan importante como las sanciones, el armamento y las negociaciones territoriales.

Trump anunció un entendimiento parcial con Putin, pero ese acercamiento no ha producido siquiera algún atisbo de acercamiento al cese de las hostilidades. Zelenski mantuvo su disposición a negociar, aunque rechazó que Ucrania suspenda unilateralmente sus operaciones militares. Rusia, mientras tanto, continúa atacando Ucrania con el mismo ahínco. El acercamiento energético entre Estados Unidos y Rusia avanza sin que exista todavía avance alguno hacia la paz.