Dos guerras y un mismo cuello de botella: por qué falta diésel en el mundo
La guerra en Medio Oriente dificulta la salida de combustibles del Golfo Pérsico. En Rusia, los ataques ucranianos dañan las refinerías que los producen. El resultado es una escasez que no se resuelve simplemente extrayendo más petróleo.
Un barril de petróleo puede salir de un yacimiento, cruzar el océano y llegar a una refinería. Todavía no sirve para llenar el tanque de un camión. Antes debe ser procesado, convertido en gasoil y transportado hasta el lugar donde se consume. En tiempos normales, esa cadena funciona con suficiente regularidad como para pasar inadvertida. La crisis actual la dejó al descubierto.
Dos guerras golpean eslabones distintos. En Medio Oriente, el conflicto restringe la producción y dificulta la circulación de buques por el estrecho de Ormuz y otras rutas. En Rusia, los ataques ucranianos dañan las instalaciones que transforman el crudo en combustible. Los dos problemas terminan en el mismo lugar: hay menos diésel disponible para venderle al resto del mundo.
La Agencia Internacional de la Energía calculó que, en agosto, las exportaciones netas de diésel y gasoil del Golfo y Rusia fueron 1,6 millones de barriles diarios menores que en febrero. Antes de la crisis, ambas regiones representaban juntas casi el 45% del comercio marítimo mundial de esos combustibles. La caída no equivale por sí sola a un faltante de la misma magnitud en cada país: otros proveedores pueden aumentar sus ventas y las reservas pueden cubrir parte de la diferencia. Pero reemplazar rápidamente a dos abastecedores de ese tamaño es una tarea enorme.
El Golfo: petróleo que no puede salir como antes
El estrecho de Ormuz es la salida marítima de buena parte del petróleo y los combustibles del Golfo Pérsico. Cuando atravesarlo se vuelve peligroso o costoso, el problema afecta tanto al crudo como a los productos refinados. Se pueden usar rutas alternativas, pero esas rutas tienen límites físicos, también pueden sufrir ataques y no llegan necesariamente a los mismos destinos.
Durante agosto circularon por Ormuz unos 7,6 millones de barriles diarios de petróleo, según la agencia, 13,1 millones menos que antes de la guerra. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos desviaron parte de sus exportaciones hacia puertos que evitan el estrecho. Esa maniobra amortiguó el golpe, aunque los ataques sobre rutas e infraestructura alternativas volvieron a restringir los envíos. El mercado pudo adaptarse parcialmente; no recuperar su funcionamiento habitual.
Para el diésel, la interrupción es especialmente severa. En agosto, las exportaciones netas de diésel y gasoil de los países del Golfo promediaron 390.000 barriles diarios, apenas algo más de una cuarta parte del nivel previo a la guerra. Un comprador que antes recibía combustible terminado desde la región no siempre puede sustituirlo comprando petróleo en otro país. Necesita encontrar una refinería con capacidad disponible, contratar su producción y conseguir un barco que lleve el producto hasta su puerto.
Rusia: el golpe está dentro de la refinería
Rusia enfrenta un problema diferente. Durante años fue uno de los mayores productores de combustibles refinados y vendió al exterior una parte importante de su diésel. Los ataques ucranianos con drones, intensificados en 2025 y 2026, han alcanzado repetidamente sus refinerías. En junio, el volumen de crudo procesado por esas plantas cayó a 3,8 millones de barriles diarios, el nivel más bajo en más de veinte años, de acuerdo con la Agencia Internacional de la Energía. La producción rusa de diésel se estima casi un 30% por debajo de la de 2025.
No todos los daños tienen el mismo efecto. Una refinería cuenta con unidades que reciben el petróleo y otras que permiten obtener combustibles de determinada calidad. Cuando los ataques alcanzan estas últimas, la planta puede perder capacidad de producir diésel aun si conserva parte de su procesamiento de crudo. Repararlas, además, puede llevar meses. Es una diferencia decisiva para entender por qué la solución no consiste simplemente en enviar más barriles a Rusia o reabrir una instalación dañada.
El gobierno ruso respondió protegiendo su propio abastecimiento. En julio prohibió las exportaciones de diésel, una medida significativa para un país que antes vendía afuera aproximadamente la mitad de su producción de diésel y gasoil. El combustible que consigue elaborar queda, en mayor medida, reservado para sus consumidores. Es comprensible desde la urgencia interna, pero agrava la escasez que enfrentan sus antiguos compradores.
El precio revela dónde está el problema
El petróleo crudo también se encareció. Sin embargo, el precio del diésel subió todavía más. A comienzos de septiembre, las cotizaciones del gasoil en Estados Unidos superaron los 200 dólares por barril, casi el doble de su nivel anterior a la guerra en Medio Oriente. Esa diferencia entre el valor del crudo y el del combustible refinado muestra dónde está la mayor presión: no alcanza con disponer de petróleo; hace falta convertirlo en un producto que pueda llegar al consumidor.
Los precios altos incentivan a las refinerías de otras regiones a trabajar más y vender donde el diésel mejor se paga. Estados Unidos y algunos países asiáticos aumentaron sus envíos. Pero una planta tiene límites de capacidad, necesita recibir el tipo de crudo adecuado y produce varios derivados a la vez. No puede dedicar cada barril exclusivamente al gasoil por decisión comercial. En agosto, las refinerías del mundo procesaron 4,2 millones de barriles diarios menos que un año antes, pese a que los márgenes de refinación eran extraordinariamente altos en algunas regiones.
El costo se traslada a actividades difíciles de detener. El diésel mueve mercaderías por carretera, maquinaria agrícola y equipos industriales; también se usa para generar electricidad en determinados sistemas. Si sube, encarece el transporte y la producción. Si falta físicamente, el daño puede ser mayor: una cosecha no se levanta con un barril de crudo almacenado en un puerto.
Hasta ahora, el mundo ha cubierto parte de la pérdida utilizando reservas, desviando cargamentos y consumiendo menos. Esas respuestas compran tiempo, pero tienen un límite. Según la Agencia Internacional de la Energía, las existencias mundiales observadas de petróleo y derivados habían disminuido 507 millones de barriles desde el comienzo de la guerra en Medio Oriente. La caída de la demanda también refleja precios altos y restricciones de suministro: que se consuma menos no significa necesariamente que el problema esté resuelto.
Por eso esta crisis se entiende mal cuando se la reduce a una discusión sobre cuántos barriles quedan bajo tierra. El mundo sigue teniendo productores capaces de extraer petróleo. Lo que perdió, en dos regiones fundamentales al mismo tiempo, es parte de la capacidad de refinarlo y hacerlo circular como diésel. Mientras las plantas rusas sigan dañadas y las rutas del Golfo permanezcan restringidas, el combustible terminado será el recurso más disputado. Ahí está el cuello de botella que une a las dos guerras.
Fuentes consultadas: AIE, mercado petrolero de septiembre · AIE, refinerías rusas · AIE, suministro de Medio Oriente




