sábado, septiembre 19 2026
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Finalmente, a pesar de las múltiples advertencias que desde este espacio se hicieron con respecto al peligro que suponía para la Universidad Nacional de Cuyo un eventual triunfo kirchnerista, éste se produjo. Evidentemente, o los votantes emitieron su sufragio ignorando las consecuencias de semejante decisión o lo hicieron con total conocimiento, lo que sería una actitud poco menos que suicida.

Que la gestión de Esther Sánchez y Gabriel Fidel ha sido un decálogo de la mediocridad, eso no se le escapa ni siquiera al observador menos perspicaz. Doce años de gestión radical al frente del Rectorado han dejado a la Universidad en el limbo del desarrollo académico. Después de una primera gestión aceptable en términos muy generales de Daniel Pizzi, su segundo período fue la nada misma. Los dos años de pandemia transformaron a la Ciudad Universitaria en un páramo edilicio. El regreso a la normalidad, difícil en todas las unidades académicas, no significó el inicio de una etapa de avances positivos sino, simplemente, el paso a una actitud de “hacer la plancha” de la que, en lo inmediato, no se pagó precio político alguno: por muy poco, el Radicalismo retuvo la conducción de la Universidad con Esther Sánchez a la cabeza. Ahora bien, en lugar de aprender de los errores y relanzar una Gestión paralizada por la falta de ideas, los “morados” insistieron con la parálisis administrativa y académica a la que los ciudadanos universitarios ya estábamos, tristemente, acostumbrados. De hecho, ningún hecho de relevancia puede ser adjudicado a estos 12 años que se hicieron eternos.

No se nos escapa, además, que durante esta larga etapa tanto Rectorado como sus numerosas dependencias se transformaron en cómodas oficinas de la militancia franjista. Los muchachos reformistas ocuparon múltiples lugares, desde una Secretaría clave hasta los casi invisibles box de la administración rectoral. Pocos se quedaron sin trabajo. Un dato de color: un rumor que circuló en los días previos a la elección hacía mención a que toda la militancia “morada” salió a bancar los trapos de la Gestión bajo la premisa de que si “ellos” ganan, sus trabajos desaparecían. Imagínense las caras de espanto de los militantes, algunos de los cuales hace más de 10 años que están cómodamente apoltronados en sus sillones administrativos.

Sin embargo, el análisis quedaría incompleto si no incluyéramos aquí a Gabriel Fidel. Con varias décadas en la docencia universitaria, el ex Vicerrector, sin embargo, es una figura gris en términos académicos. Su nombre es muy conocido por su militancia radical y por su condición de ministro bajo las gobernaciones provinciales de Roberto Iglesias y Julio Cobos… y porque siempre se lo consideró el hombre de Cornejo en la Universidad Nacional de Cuyo. Semejantes antecedentes no resultaban muy simpáticos que digamos. Aunque no eran figuras académicas reconocidas, tanto Pizzi como Sánchez eran considerados parte del paisaje universitario, mientras que Fidel era el funcionario de afuera que el poder político quería imponer adentro.

Esa es una de las caras de la moneda. El problema es la otra cara: la de quienes ganaron. Aquí es necesario usar el plural porque el triunfo no es exclusivo de Adriana García y del círculo que la rodea. Entre los que ganaron están las huestes de la militancia dura del Kirchnerismo universitario, tanto del sector de Ana Sisti como de las agrupaciones que en su momento apoyaron la candidatura de Ozollo. El problema no son tanto los pañuelos verdes que adornan su militancia sino lo que tienen en sus estrechas cabecitas. El modelo de Universidad de puertas abiertas con el que esta gente se referencia es el que ha llevado, virtualmente, al colapso a las unidades académicas del Conurbano, y al sistema todo. El despilfarro de recursos de la “década infame” digo “ganada”, es uno de los factores que llevaron a que buena parte del electorado nacional se cansara de la “fiesta” interminable y, después del desastre pandémico albertista, optara por un cambio de aires.

A estas aristas, que son más propias de la administración de recursos, se agrega lo ideológico. Aunque “morado” en su juventud, Fidel se ha “aburguesado” y las transformaciones del reformismo más ideologizado, a nuestro entender, no formaban parte de sus intereses e inclinaciones. Aquellas áreas más propias de la “intelligentzia” progre, con la diversidad como piedra angular del cambio, fueron ocupadas por militantes de las fuerzas aliadas, lease Partido Socialista y Libres del Sur, varios de los cuales en los últimos años (y meses) se pasaron a las filas del enemigo. Esto no quiere decir que los “morados” no adhieren a lo que la progresía impulsa en todos lados sino que lo hacen al modo radical universitario: de manera mediocre, incompleta…

El problema es que esa misma agenda ideológica, en manos kirchneristas, adquiere otra relevancia. Muchos de los ganadores se sienten continuadores de la gesta progresista que ha caracterizado a buena parte de los últimos años de historia argentina. Adhieren no a parte del paquete de ideas del progresismo vernáculo sino a TODO. Ya lo dijimos en un artículo anterior: los pañuelos verdes no los llevan de adorno. Esta gente es abortera, pro género, setentista, garantista y progresista.

Para ellos no hay niños en los vientres de las madres embarazadas sino cúmulos de células sin identidad genética alguna, el género es una construcción social y los gastos que devienen de esa concepción es el Estado el que debe cubrirlos, los desaparecidos son 30 mil (no los que dijo la CONADEP ni los informes estatales posteriores, incluidos los presentados bajo la presidencia de Cristina la condenada), los delincuentes son víctimas del sistema y no victimarios, y un larguísimo y casi interminable etcétera. Ellos, los que perdieron en la Nación en el 2022, los que vienen siendo vapuleados en las elecciones aquí en Mendoza desde hace mucho tiempo, por mal gobernar el país durante décadas y por demostrar una y otra vez que la corrupción forma parte sustancial de su manera de ejercer el poder, son los que ahora, en la Universidad Nacional de Cuyo, acaban de ganar.

Lo peor es que vienen por todo. Los buenos modos de Adriana García no durarán demasiado. Las huestes de Mordor han sufrido un exilio político desde la finalización de la gestión de Arturo Somoza (¿ya nadie se acuerda porque eligieron los universitarios del 2014 a Pizzi?) que les ha hecho ganar en rencor y ansías de revancha. Las redes sociales de la militancia k así lo reflejan. A la mediocridad radical le va a seguir la desmesura kirchnerista. Serán 4 u 8 años muy duros, al final de los cuales nos preguntaremos muchas cosas, entre las cuales las dos más importantes son: ¿Cómo dejamos que las huestes de Mordor entraran en la Ciudadela? y ¿Cómo hacemos para recuperar lo perdido?