sábado, septiembre 19 2026
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El radicalismo nacional atraviesa su ciclo de mayor debilidad institucional desde el retorno de la democracia con una representación parlamentaria que se ha reducido a su mínima expresión histórica. La orfandad política que dejó la implosión de Juntos por el Cambio obligó a la UCR a navegar un escenario de fragmentación donde hoy conviven apenas diez senadores y doce diputados nacionales. Esta diáspora legislativa muestra a un partido que oscila entre el respaldo cerrado a las reformas libertarias junto a una oposición testimonial liderada por sectores porteños. En la Cámara de Diputados el bloque que alguna vez condujo Rodrigo de Loredo terminó estallando en cuatro pedazos diferentes dejando a la bancada oficial con apenas catorce miembros. De ese total el radicalismo solo logró retener tres de las once bancas que ponía en juego en el último turno electoral lo que deja al descubierto la pérdida de tracción en las urnas frente al avance del fenómeno de La Libertad Avanza.

La configuración actual de los bloques refleja las grietas profundas que separan a los gobernadores del partido. El núcleo oficialista en la Cámara Baja está integrado por seis legisladores entre los que destacan los mendocinos Pamela Verasay y Lisandro Nieri junto a representantes de Chaco y Entre Ríos. En la vereda de enfrente el espacio de Provincias Unidas agrupa a figuras como Martín Lousteau y Pablo Juliano quienes mantienen una distancia crítica respecto a la Casa Rosada. A este rompecabezas se suman los denominados radicales con peluca que ya integran directamente las filas del oficialismo nacional abandonando cualquier rastro de identidad partidaria. En el Senado la situación parece algo más ordenada bajo la conducción del correntino Eduardo Vischi aunque el número total de escaños también sufrió una caída al pasar de trece a diez integrantes en el último recambio parlamentario.

El control de cinco gobernaciones y cerca de quinientas intendencias es el único sostén real que le queda a la estructura partidaria para proyectar un repunte en el año dos mil veintisiete. La nueva conducción nacional encabezada por el intendente santafesino Leonel Chiarella responde directamente al armado de Maximiliano Pullaro e intenta contener las distintas visiones bajo un mismo techo administrativo.

En este juego de poder interno Alfredo Cornejo aparece como el principal referente de la línea que prioriza el orden fiscal y la cercanía pragmática al poder central aunque sus detractores lo acusan de estar demasiado próximo al calor de la gestión libertaria. Mientras tanto desde el entorno del mendocino defienden su transparencia discursiva y lanzan dardos hacia la gestión de Pullaro por sus acuerdos específicos con la Nación para sanear la caja de jubilaciones de Santa Fe. La resolución de esta crisis de identidad definirá si el radicalismo puede volver a ser una opción de gobierno o si terminará convertido en un archipiélago de intereses provinciales sin un proyecto nacional coherente.

Por ahora el panorama es de una incertidumbre total hacia el futuro de una fuerza que parece haber perdido su brújula legislativa en medio de la exitosa era libertaria. El desafío de Chiarella será ordenar un partido donde la disciplina de bloque es un recuerdo lejano y donde los gobernadores parecen más preocupados por la supervivencia de sus territorios que por la unidad de la vieja lista tres.