Las agrupaciones universitarias que dependen de los partidos tradicionales (y decimos “dependen” porque así es, en el pleno sentido del término, al ser financiadas directa o indirectamente por los mismos), desde las kirchneristas (la Cámpora, la Macacha Güemes en Ciencias Agrarias, Las Trincheras, Encuentro Estudiantil y CEPA en Ciencias Políticas, la Soriano en Filosofía y Letras, Octubre Popular en Derecho y Políticas, la Manuel Belgrano en Económicas, etc.) a las radicales (Franja Morada en sus diversas versiones en cada facultad, Nueva Agrarias en Ciencias Agrarias), la tienen muy clara: cuando se alinean con alguna fórmula rectoral o decanal no solo lo hacen por la común pertenencia ideológica y política, sino también por la posibilidad de acceder a una cuota de poder una vez que los candidatos ganen y accedan al gobierno universitario.
Esto forma parte de la manera con la que estos militantes entienden la política universitaria. Más allá de algún militante aislado, que participa para “bancar los trapos”, un número sustancialmente importante de ellos sabe bien de que se trata hacer política en la Universidad: el que gana se queda con los cargos, cual bolsa de trabajo, y el que pierde espera el próximo turno para intentar nuevamente llegar a las oficinas rectorales o decanales con el objetivo de ligar alguna asesoría, algún lugarcito en el claustro del personal de apoyo académico o, incluso, una secretaría. Los cv son innecesarios: basta con militar.
Muchos decanos y rectores han cedido lo mismo desde la mítica Reforma Universitaria del 18. Esto, que fue intermitente dados los vaivenes de la política nacional durante décadas, se convirtió en una constante desde la vuelta de la democracia en 1983. El botín de guerra es atractivo: becas, puestos bien remunerados, viajes a eventos “académicos” (en algún momento se llegó a financiar los viajes de las militantes feministas a los congresos afines…), designaciones en el claustro docente una vez recibidos, etc. Una militancia muy cómoda, dado que, aunque pierdan, siempre hay lugar para la muchachada en los consejos deliberantes y equipos de asesores de los legisladores del palo, y, por supuesto, alguna oficina dispuesta a recibirlos en la gestión provincial (y en la nacional hasta no hace mucho para los militantes kirchneristas). Es decir que para muchos de ellos es casi imposible perder. Son como los gatos: siempre caen parados…
Esta elección no será diferente: unos ganarán algún lugarcito en la burocracia universitaria, otros no podrán hacerlo, pero siempre podrán retroceder a la política extra-universitaria. Pero ninguno de ellos perderá. No se engañen. En este juego, los militantes son los únicos que, casi siempre, no ponen nada en juego. Los que sí lo hacen son los docentes que dan clases, el personal de apoyo académico que sigue haciendo funcionar los edificios universitarios y los estudiantes que estudian.
Mientras que los militantes van y vienen, y por lo tanto son prescindibles (algunos pasan de una facultad a otra sin recibirse), sin los docentes, no docentes y estudiantes que siempre bancan la parada, ciertamente, no habría Universidad. Justamente, los que serán espectadores y no protagonistas de un juego que ya lleva más de un siglo jugándose.




