sábado, septiembre 19 2026
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El Senado llega al supermartes con números casi definidos: habría 25 votos listos para aprobar PSJ y habilitar la extracción de cobre en Uspallata. Entre nervios, marchas y un clima político espeso, Mendoza se acerca a una decisión que puede sacarla de su eterno loop antiminero y devolverla al mapa productivo que dejó atrás hace más de una década.


El debate público puede ser ruidoso, confuso y emocional, pero la política real se juega en otro lado: en el poroteo. Y ese poroteo, hoy por hoy, marca una tendencia firme. Con el Senado empatado 19 a 19 desde hace dos años, la clave no está en los bloques grandes, sino en los seis senadores de La Unión Mendocina y el Partido Demócrata que, con matices, señales y reuniones discretas, ya adelantaron postura. Pradines, González, Quattrini y Pringles están decididos a acompañar; Rostand mantiene una duda mínima pero se lo considera dentro del paquete afirmativo; y Magistretti, pese a críticas a la discusión pública, se inclina por votar a favor. Con ellos, la cifra llega a 25. Y con 25, el proyecto PSJ se aprueba. La única certeza del justicialismo pasa por Flavia Manoni, que votará negativo; mientras que en Malargüe, Alejandra Barro sigue siendo una incógnita sin demasiadas probabilidades de convertirse en sorpresa. Si el panorama no se modifica en las próximas horas, la minería vuelve al Senado con otra suerte.

El martes no será solo legislativo. Afuera habrá marcha, bombos, banderas y discursos que vienen circulando en redes desde hace semanas. Los grupos antimineros prometen una movilización grande, aunque nadie se anima a precisar números. Lo cierto es que, mientras la política afina los votos, en paralelo se afina la logística para evitar que el centro se convierta en un terreno de incidentes. La Plaza Independencia puede recibir hasta 20.000 personas, de acuerdo a estimaciones oficiales, y el desafío será que la protesta se mantenga allí, sin desplazamientos hacia los ingresos del Senado. Es un equilibrio delicado: garantizar el derecho a manifestarse sin bloquear el funcionamiento de las instituciones. La novedad de este operativo es que no habrá contramarcha. Desde distintos espacios productivos y sindicales se decidió no salir a la calle para no alimentar tensiones, una decisión que habla de madurez política en un tema demasiado cargado de emocionalidad.

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Más allá del ruido, lo que realmente está en juego es si Mendoza quiere seguir discutiendo minería con argumentos de 2007 o si está dispuesta a entrar en la economía del siglo XXI. El cobre no es un capricho ni una obsesión: es un mineral estratégico en todo el mundo para energías limpias, electromovilidad, infraestructura y tecnología. Mientras provincias como San Juan, Catamarca o Salta avanzan con inversiones, exportaciones y empleo real, Mendoza permanece inmovilizada entre miedos heredados y lecturas simplificadas. PSJ no es sinónimo de megaminería descontrolada, ni de químicos prohibidos, ni de los viejos fantasmas que ciertos sectores repiten como un mantra. Es un proyecto específico, sin cianuro, con estudios técnicos, ambientales y jurídicos ya revisados. No garantiza milagros, pero sí algo que la provincia necesita: diversificación, empleo y una señal clara al mundo de que Mendoza vuelve a competir.

Mientras el debate político y social ocupa los titulares, en segundo plano el proyecto avanza con pasos que no suelen ser noticia. La empresa trabaja en la ingeniería de detalle, en la factibilización energética —clave para definir cómo llegará la energía a la mina— y en conversaciones con un organismo internacional para financiar la inversión. Nada de esto es improvisado. Si el Senado aprueba PSJ, el calendario productivo es rápido: la ingeniería final podría cerrarse en 2026, la maquinaria empezaría a llegar antes de septiembre del mismo año y el área de San Jorge cambiaría de fisonomía en seis a nueve meses. De cumplirse esas fechas, a principios de 2027 Mendoza tendría una mina de cobre operativa.

El martes no define a un gobierno ni a un partido. Define si la provincia quiere seguir congelada en debates estériles o si está dispuesta a recuperar una matriz productiva que dejó pudrirse por miedo o comodidad. El poroteo dice que la votación está casi definida. La calle dirá lo suyo. Pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿seguimos repitiendo slogans o empezamos a construir futuro?