La ropa acumula una baja del 38% y el calzado del 33% en términos reales desde noviembre de 2023, según datos del INDEC procesados por la consultora Econométrica. El derrumbe de los precios relativos de la indumentaria es el resultado más tangible del desmantelamiento del esquema proteccionista que encareció la vestimenta durante dos décadas y convirtió a la Argentina en el país con la ropa más cara de la región.
El contraste con el pasado es elocuente. Antes de la gestión Milei, una remera de marca internacional costaba en Argentina 310% más que en España y 95% más que en Brasil, según relevamientos del propio Gobierno nacional. El sistema que garantizaba esos precios era conocido: licencias no automáticas de importación, declaraciones juradas de composición de producto, canal rojo aduanero obligatorio, estampillado y un esquema de aranceles del 35% para ropa y calzado. Un laberinto burocrático que no protegía al trabajador sino al intermediario.
El desmantelamiento del esquema
La apertura del sector comenzó a fines de 2023 con la eliminación de las SIRA y las licencias no automáticas, y se profundizó en marzo de 2025 con el Decreto 236/2025, que redujo los aranceles de ropa y calzado del 35% al 20%, y los de telas del 26% al 18%, retornando a los niveles previos a 2007. En paralelo, se eliminaron los controles aduaneros del etiquetado, la DJCP y el canal rojo obligatorio.
El resultado en términos de oferta fue inmediato. En 2025 ingresaron al país 391.676 toneladas de productos textiles e indumentaria, un 71% más que en 2024 y con un valor de USD 1.702 millones, un 52% más en dólares. La brecha entre el crecimiento en volumen y el crecimiento en valor revela algo central: los precios unitarios de los productos importados cayeron. Más mercadería, más barata.
Lo que el consumidor ganó
Los números son categóricos para el consumidor. Mientras la inflación general acumuló un 259,4% desde noviembre de 2023, el rubro textil avanzó apenas un 149,4%, lo que implica un abaratamiento relativo de 30,6% frente al promedio de los demás bienes y servicios. Medido contra el IPC, la ropa hoy está en el nivel relativo más bajo desde 2016.
El 67% de la ropa que se compra actualmente en la Argentina es importada.
Esa cifra sintetiza una transformación estructural del mercado: el consumidor dejó de estar cautivo de una cadena de valor cara, cerrada y concentrada, y accede hoy a una variedad de marcas y precios que hasta hace dos años no existía.
El fenómeno también se expresa en el canal digital. Entre enero y mayo de 2026, las importaciones mediante courier sumaron 518 millones de dólares, un 113,2% más que en el mismo período de 2025. Plataformas como Shein o Temu consolidaron un circuito de compra directo que eliminó intermediarios y trasladó el ahorro al bolsillo del consumidor final.
El relato de siempre
El manual ya fue escrito. Cuando el proteccionismo se desarma, los beneficiados —los consumidores— no tienen vocero institucional. Los perjudicados —los rentistas del modelo cerrado— sí. Y son ruidosos.
La narrativa opositora al proceso de apertura textil construye su argumento sobre dos ejes: la caída de producción y la destrucción de empleo.
Pero hay un dato que se omite sistemáticamente: el modelo anterior destruía empleo. Lo hacía de manera silenciosa, cargándole a los 47 millones de argentinos precios artificialmente inflados que reducían su poder de compra, comprimían el consumo en otros rubros y trasladaban riqueza del trabajador-consumidor al productor-rentista protegido. La diferencia es que ese costo nunca apareció en las estadísticas del sector textil.
El costo del “kiosco”
Según estimaciones técnicas, menos del 10% del valor de una prenda comercializada en centros comerciales corresponde al costo industrial directo de fabricación. El resto —más del 90%— lo explicaban costos impositivos, logísticos, financieros y márgenes comerciales inflados por la ausencia de competencia.
El “industricidio” que denunciaban los proteccionistas era, en realidad, la factura que les presentaba el mercado por haber operado décadas con un esquema que no era competitivo sino subsidiado por el consumidor.
Luis Caputo lo dijo sin filtros: nunca compró ropa en Argentina porque le parecía un robo. Fue una frase que incomodó a la clase política, pero que millones de argentinos habían pensado sin decirlo.
La apertura tiene costos de transición, que el Gobierno debe gestionar con políticas de reconversión. Pero el debate no puede plantearse como si el punto de partida hubiera sido justo. No lo era. La ropa más barata de la región no es un accidente: es la consecuencia de terminar con un esquema que funcionaba muy bien para pocos y muy mal para todos.




