La pelea que desangra al peronismo: La Cámpora contra los intendentes
Lo que pasó en la Legislatura mendocina fue más que una votación: fue la confirmación de que el peronismo está partido en dos mundos que no se soportan. La Cámpora quedó sola en la resistencia; los intendentes quedaron solos en la gestión.
Lo que pasó esta semana en Mendoza no es una anécdota legislativa ni un trámite administrativo. Es la radiografía más clara del estado real del peronismo: un espacio dividido, desconcertado y cada vez más lejos de ser oposición. Cornejo aprobó el presupuesto 2026 con una comodidad que ni él imaginaba. No hubo pulseada, no hubo negociación dura, no hubo épica opositora. Hubo, simplemente, un peronismo que decidió no pelear. Y cuando un partido que supo ser temido en las cámaras vota como si estuviera pagando el gas, no estamos frente a una derrota: estamos frente a una crisis de identidad.
Lo interesante no es el resultado, sino quiénes se plantaron. Solo tres legisladores votaron en contra: Tina Morán en Diputados, Elio Perviú y Félix González en el Senado. Tres, nada más. Y los tres del mismo sector: el kirchnerismo duro, La Cámpora, el único espacio dentro del PJ que todavía se anima a diferenciarse aunque eso implique quedar aislado. El resto del peronismo —los intendentes, los sectores territoriales, los que tienen que poner la cara todos los días— optó por aprobarlo sin ruido. Ese gesto es más fuerte que cualquier discurso: marca el quiebre interno que viene gestándose hace años.
Hoy el peronismo está partido en dos universos que ya casi no dialogan. De un lado, La Cámpora, aferrada a la identidad, a la épica y al relato. Del otro, los intendentes, que ya no están para jugar al purismo y necesitan sobrevivir políticamente. La Cámpora puede permitirse plantarse, resistir, votar en contra aunque pierda, y explicarlo como un acto de coherencia. Pero los intendentes viven en otro mundo: el de las calles rotas, las cuentas con fecha de vencimiento y los vecinos que no perdonan la ineficiencia. Ellos no militan la épica; ellos militan la gestión y, sobre todo, la supervivencia.
Esa diferencia de perspectiva es lo que se vio crudamente en la Legislatura. Tres votos militantes defendiendo la bandera, y un peronismo territorial que ya no quiere inmolarse. Esto no es nuevo ni exclusivo de Mendoza. Es un reflejo de lo que pasa en todo el país: gobernadores que se alejan del cristinismo, bloques legislativos que se parten según el grado de pureza doctrinaria, intendentes que empiezan a tejer alianzas por afuera para no quedar atrapados en el discurso testimonial. El peronismo nacional está cruzando un desierto interno donde cada sector mide fuerzas pensando más en la interna que en construir una alternativa de poder real.
Lo grave es que 2027 está ahí nomás, y el peronismo territorial lo sabe. No pueden darse el lujo de seguir discutiendo quién es más o menos cristinista mientras el mapa político cambia. Si no levantan cabeza, perderán municipios, bancas y peso institucional. Y eso los obliga a moverse, a negociar, a buscar alianzas amplias, incluso a costa de romper con la mística partidaria. La Cámpora, en cambio, puede aguantar. Se mueve mejor en la resistencia que en la gestión, y sabe que su capital político no depende de ganar elecciones sino de conservar identidad.
La discusión ya no es si Cristina sí o Cristina no. Eso quedó viejo. La pelea profunda es entre dos modelos de peronismo: uno que quiere expandirse para volver a ganar, y otro que quiere cerrarse para no diluirse. Uno que necesita acuerdos, el otro que necesita pureza. Uno que vive de los votos, el otro que vive de la coherencia. Y mientras ambos tironean, el oficialismo —en Mendoza y en la Nación— avanza sin oposición real. Porque cuando tu rival se entretiene peleándose con su sombra, vos no necesitás estrategia: te alcanza con dejarlo solo.
El peronismo aún tiene tiempo de recomponer, pero no tanto como cree. Si no resuelve esta fractura, si no define quién manda y qué proyecto representa, puede terminar reducido a exactamente lo que mostró esta semana: tres votos ruidosos peleando solos y un partido entero sin capacidad de disputarle nada al poder de turno. Y un movimiento que alguna vez fue la máquina electoral más eficaz del país, hoy corre el riesgo de convertirse en un fantasma que solo aparece para discutir su propio pasado.




