No pasa nada: ¿Estamos frente al nacimiento de una Argentina aburrida?
Las últimas semanas en Argentina fueron un insólito experimento sociológico: no pasó absolutamente nada. No pasa nada. Y, claro, cuando no hay caos, a los argentinos se nos corta el suministro emocional. Vivimos bajo una tranquilidad tan incómoda que hasta parece extranjera.
Los portales de noticias y las redes sociales, desesperados por llenar espacio, terminaron hablando de triunfos y derrotas de dos clubes mendocinos, del mal momento de River Plate —que cuando no está bien futbolísticamente tampoco sabe armar un escándalo— y de una extraña calma en Boca, que suele medir los minutos de aire con un reloj atómico.
Desde el arrasador triunfo del oficialismo el 26 de octubre, el país quedó sin combustible para producir quilombos, ese insumo básico de la vida pública argentina. Y lo más interesante es que, en medio de esta calma, las buenas noticias parecen perder brillo.
Pregúntese usted, lector: ¿Sabe cuánto dio la inflación de octubre? ¿A cuánto cerró el dólar esta semana? No lo sabe porque, por primera vez en años, no lo bombardearon para obligarlo a indignarse.
Y eso que hubo de todo: un tratado comercial con Estados Unidos aprobado sin épica ni dramatismo, y hasta una explosión cinematográfica en una fábrica de pinturas en el conurbano. Nada alcanza para sacudir a un país que, por primera vez en décadas, parece entrar en una etapa de previsibilidad política y económica. Inclusive me atrevo a decir que estamos camino al diciembre más tranquilo en mucho tiempo. Una rareza para nosotros, un lujo nórdico.
Mientras tanto, al otro lado de la cordillera, nuestros hermanos chilenos viven lo contrario: una campaña electoral que parece una olla a presión. Con participación obligatoria y multas altísimas para el que no vote, el ciudadano chileno —pacífico por naturaleza— se vio forzado a meterse en una pelea política que no siente como propia. Un 85% de participación cuando históricamente llegan al 45% habla más del miedo a la multa que del entusiasmo cívico.
Y ahí aparece lo más llamativo: la derecha internacionalizada, con Javier Milei y Donald Trump como íconos globales del desorden creativo, contagió formas más confrontativas a sociedades que venían sedadas por décadas de moderación. De repente, los chilenos discuten en televisión como si fueran panelistas de un programa de espectáculos de Buenos Aires. Y se nota que no tienen el entrenamiento, ya que debaten con una inocencia casi escolar. El ruido político los descoloca, pero al menos no les desacomoda la economía.
En cambio, en la Argentina somos especialistas en el caos. Lo producimos, lo consumimos y lo analizamos con pasión. De hecho, cuando falta, nos fastidiamos. Por eso terminamos refugiándonos en el fútbol para suplir la abstinencia de lío nacional.
Y entonces llega la pregunta inevitable. ¿Estamos frente al nacimiento de una Argentina aburrida —esa especie desconocida— o simplemente estamos descansando entre dos tormentas porque el quilombo se tomó un recreo?




