En un movimiento que desorienta tanto a propios como a extraños, la vicegobernadora Hebe Casado decidió abandonar la gestión de los asuntos estratégicos de Mendoza para sumergirse en el barro de la interna nacional.
Al tomar partido por Victoria Villarruel en su disputa con Luis Petri, la mandataria sureña no solo agregó ruido innecesario a un oficialismo necesitado cohesión técnica, sino que incurrió en una contradicción de manual, la de defender la institucionalidad de la Vicepresidencia de la Nación mientras parece descuidar la armonía política que la provincia requiere para consolidar sus proyectos mineros y energéticos.
Esta irrupción de Casado en el conflicto de Comodoro Py y las redes sociales se percibió en los pasillos de la Casa de Gobierno como “un ejercicio de oportunismo político” que poco aporta a la solución de los problemas reales de los mendocinos.
Y es que en lugar de blindar la gestión local frente a los cortocircuitos de la Capital Federal, la vicegobernadora parece haber optado por actuar como una comentarista de la realidad bonaerense, arriesgando el vínculo fluido con el Ministerio de Defensa en un momento en que la cooperación en seguridad es crítica. Para una administración que se jacta de su seriedad técnica, este alineamiento con la facción más mediática de la interna nacional huele más a una búsqueda de posicionamiento personal para el 2027 que a una defensa genuina de los valores republicanos.
Mientras el rigor fiscal y el silencio operativo son premiados por los mercados, la verborragia de Casado contra un ministro de su propio frente electoral parece resultar, cuanto menos, imprudente. Al validar las denuncias de Villarruel —caracterizadas por Petri como meras operaciones de prensa—, la vicegobernadora tensiona innecesariamente la relación con la Casa Rosada y expone una falta de verticalidad que podría pasarle factura a Mendoza en la mesa de negociaciones presupuestarias.
Por estas horas, el desafío para la dirigencia local es entender que la provincia no puede ser el campo de batalla de ambiciones externas; de lo contrario, el “estilo Mendoza” de orden y previsibilidad terminará diluyéndose en la misma opacidad política que el país intenta dejar atrás.




