La culpa es de la Liga: el arrastre de un modelo que ya fracasó
La final suspendida del fútbol femenino en Maipú no fue un error aislado ni una fatalidad. Fue la postal más nítida de una Liga Mendocina de Fútbol atrapada en un modelo de conducción agotado, improvisado y funcional a una lógica dirigencial que se replica desde la AFA hacia abajo. Un esquema donde nadie se hace cargo y el poder siempre se protege a sí mismo.
La suspensión de la final del Torneo Clausura femenino entre Godoy Cruz e Independiente Rivadavia dejó mucho más que un partido pendiente. Expuso, sin maquillaje ni excusas, el estado real de la Liga Mendocina de Fútbol: una institución sin planificación, sin conducción efectiva y sin la mínima capacidad de hacerse cargo de sus propias decisiones.
El comunicado oficial difundido tras el escándalo buscó ordenar el relato, pero terminó confirmando lo que muchos ya saben: la Liga no gestiona, se desentiende. En lugar de asumir responsabilidades, eligió el camino más cómodo y más viejo del fútbol argentino: deslindar culpas, proteger a la conducción y señalar a terceros. Un libreto gastado.
Improvisación no es mala suerte
Una final suspendida por falta de garantías no es mala suerte. Es impericia. O peor: desinterés. Ocho policías y un puñado de seguridad privada para un partido con hinchas de ambos equipos no es un error de cálculo; es una subestimación irresponsable. Y cuando eso ocurre en un partido definitorio, la responsabilidad es institucional, no individual.
La Liga pretende convencer a la opinión pública de que no tuvo nada que ver, como si el evento más importante del calendario femenino pudiera organizarse sin supervisión de la entidad madre. Esa lógica es tan absurda como peligrosa: si la Liga no controla, no planifica y no garantiza condiciones mínimas, entonces ¿para qué existe?
Nada de esto es casual. La Liga Mendocina no funciona en el vacío. Forma parte de un entramado nacional que reproduce, en escala local, el modelo de conducción que encarna Claudio Chiqui Tapia desde la AFA: poder concentrado, lealtades por sobre capacidades, cero autocrítica y responsabilidades que nunca llegan a la cúpula.
Cuando el modelo falla, la estrategia es siempre la misma: se redacta un comunicado, se despega al presidente y se busca un responsable alternativo. El resultado es un fútbol sin estándares profesionales, sostenido por parches y discursos, pero incapaz de organizar con seriedad un evento que debería ser una fiesta.
El fútbol femenino, rehén de la dirigencia
Mientras la dirigencia se enreda en internas y pases de factura, las perjudicadas son siempre las mismas: las jugadoras, los cuerpos técnicos y el público. El fútbol femenino, que creció pese a las estructuras y no gracias a ellas, vuelve a quedar relegado al último escalón de prioridades reales.
Se habla de desarrollo, de inclusión y de crecimiento, pero a la hora de gestionar, no hay planificación ni respeto. Una final suspendida no solo genera frustración: genera descrédito. Y el descrédito no se repara con comunicados defensivos, sino con gestión seria, algo que hoy brilla por su ausencia.

Una conducción que no se hace cargo
El problema de fondo no es quién vendió las entradas ni quién firmó una autorización. El problema es una Liga que no lidera, que no asume su rol y que administra la inercia desde hace años. Cuando todo sale mal, nadie responde. Cuando algo funciona, el crédito se reparte entre los de siempre.
Este episodio deja en evidencia una verdad incómoda: la Liga Mendocina arrastra un modelo agotado, incapaz de adaptarse a un fútbol que exige profesionalismo, previsión y transparencia. Mientras eso no cambie, los escándalos no serán la excepción, sino la norma.
La final se reprogramó y se jugará. El fútbol seguirá. Pero el problema estructural permanece intacto. Porque no se trata de un partido suspendido, sino de una conducción que hace tiempo perdió el rumbo y que responde más a la lógica de supervivencia política que a la gestión deportiva.
Hasta que la Liga no asuma que el principal responsable es ella misma, el fútbol mendocino seguirá pagando los costos de un modelo que ya fracasó. Y el fútbol femenino, una vez más, será el escenario donde se evidencian todas las miserias de una dirigencia que se niega a cambiar.




