sábado, septiembre 19 2026
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Una reflexión sobre la política, los gajes del oficio y las personas que dejan huella en el camino

Mi primera intervención en el recinto fue respondiéndole a un peronista, y no podía ser de otra manera.

Lo curioso no fue lo que dije, sino todo lo que ocurrió antes de encender el micrófono. Uno que otro intentó desalentarme, mientras algunos se agarraban la cabeza ante la sola posibilidad de que dijera algo desafortunado, y unos cuantos parecían bastante más preocupados por mis palabras que yo misma, lo que resulta llamativo porque, sinceramente, es algo que jamás me quitó el sueño. 

Si algo debo reconocerles, es que me reavivaron una enseñanza, y es que, para convivir con detractores, críticas y gestos de desaprobación, inevitablemente, hay que endurecer el cuero.

—Tienes que endurecer el cuero.

Él me lo repetía constantemente, en aquellos tiempos en los que no tenía la menor idea de a qué se refería, aunque estaba convencida de entenderlo.

Con el paso de los años y las distintas vivencias terminé comprendiendo lo que realmente significaba. El problema es que, cuando finalmente lo comprendí, muchas de esas situaciones ya se habían vuelto parte de mí. Las había internalizado e incluso normalizado.

En aquel entonces creía que endurecer el cuero consistía solo en resistir. En discutir más fuerte. En responder. En no dejarles pasar una. La disputa permanente, la contradicción constante y una buena dosis de efusividad eran, probablemente, mis únicas herramientas para enfrentar ese mundo que recién comenzaba a conocer.

La política cuando se apagan los micrófonos

Hace algunos meses, durante una conversación sobre ciertas formas de trato que muchas veces se naturalizan en la política, sobre esa costumbre de levantar la voz simplemente porque alguien la levantó primero, de personalizar diferencias que deberían permanecer en el terreno de las ideas y de responder agravios con más agravios, una joven diputada, con más experiencia en la función pública y algunos años más que yo, me dijo algo que quedó resonando durante mucho tiempo.

—Esa ya no es una forma de hacer política para mí. No quiero representarme con esa manera de actuar. Con el tiempo lo entendí. Hoy estoy mucho más tranquila y me gusta la persona que soy en esto.

Sus palabras tuvieron un efecto inesperado. No porque me revelaran algo que desconocía, sino porque pusieron nombre a una inquietud que venía creciendo silenciosamente. Volví a esa conversación en más ocasiones de las que puedo recordar. Y con el tiempo entendí que había sido uno de los últimos empujones que necesitaba para abandonar la política de la disputa permanente y empezar a elegir, conscientemente, la política de la construcción.

En el poco —o para algunos extenso— trayecto recorrido en esta particular carrera, fui recolectando consejos, teorías, interpretaciones y experiencias de supervivencia. Escuchar resulta ser mi mayor aliado. Por eso a mi queridísimo José siempre lo escuché. Qué dolor en el alma entender que ya no está. Y qué inmensa gratitud sentir por todo lo que dejó.

Porque hay personas cuya ausencia empieza a sentirse en pequeños momentos. En ese consejo que falta, en una llamada que uno todavía espera por costumbre, en esa compañía silenciosa que durante años sostuvo mucho más de lo que decía. A nosotros también se nos hizo costumbre no coincidir, discutirlo y seguir adelante. Sin dramatismos ni resentimientos. Sin convertir cada diferencia en una ruptura.

Pocos entendían esa dinámica. Como hoy tan pocos entienden que los espacios políticos se fortalecen cuando son capaces de resolver sus diferencias internas, respetar opiniones distintas y acompañarse mutuamente, incluso cuando los caminos terminan tomando direcciones diferentes.  

Hace un tiempo me tocó despedirlo. A quien me enseñó buena parte de este oficio. No desde los discursos sino desde la resiliencia. Desde la manera de atravesar derrotas, desgastes y tempestades sin perder jamás la capacidad de seguir adelante. 

Pocos días antes de partir, me dijo, con esa ironía que lo caracterizaba: —No quiero dejar este mundo sin Soler diputada. No era consciente de que indirectamente se despedía en varias ocasiones. 

Claro que sí, José. Se logró. 

Nos costó. Mucho más de lo que imaginábamos. Pero se logró.

Y aunque ya no estés para verlo, quiero que sepas que aquí estoy, intentando honrar cada una de tus enseñanzas. Siguiendo consejos que ya no percibo como simples recomendaciones, sino como principios rectores. Como esas reglas silenciosas que el tiempo transformó en mi brújula.

Con los años entendí que quienes nos acompañan durante tanto tiempo en este camino dejan de ser solamente colegas, dirigentes o compañeros de militancia y se transforman en familia. Una familia extraña, desordenada, intensa y muchas veces agotada, pero familia al fin. Y quizás fue también gracias a José que terminé comprendiendo aquello que durante años me repitieron sobre endurecer el cuero.

Porque la política te enseña rápido a soportar presión, convivir con decepciones, atravesar discusiones eternas y a sostenerte incluso cuando estás cansada. Pero nadie te enseña cuánto puede endurecerse una persona antes de empezar a perder partes importantes de sí misma. 

Lentamente uno normaliza el desgaste. Vivir acelerado. Descansar con culpa. Medir el propio valor según la última discusión de turno. Aprender a funcionar en medio del ruido. Y no solo funcionar. En mi caso, aprendí a salir aún mejor cuando hay mucho ruido. Y ahí aparece el riesgo más silencioso de todos, cuando convertimos la fortaleza que construimos en una cárcel.

Algunos aún conservamos esa sensibilidad que no desaparece, se esconde. Se vuelve ironía, hiperactividad o distancia emocional. Y muchas veces terminamos creyendo que resistir es exactamente lo mismo que estar bien.

Quizás por eso hoy valoro más que nunca a quienes todavía conservan la capacidad de acompañar, escuchar, escribir, sentir y tender una mano sin esperar nada a cambio. A quienes siguen siendo capaces de emocionarse, de conmoverse y alegrarse genuinamente por los demás. De seguir siendo humanos en entornos que muchas veces empujan exactamente hacia lo contrario.

Porque endurecer el cuero puede ser inevitable. Lo verdaderamente difícil es no endurecer también el alma.

QEPD, José Caviglia. Que tu integridad siga siempre presente.

José Caviglia y Cecilia Soler durante una reunión política del Partido Libertario en 2023.
José Caviglia y Cecilia Soler durante una reunión política del Partido Libertario en 2023.