sábado, septiembre 19 2026
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El partido centenario se prepara para votar en medio de tensiones, pases de factura y un bloque legislativo al borde de la implosión. La pulseada Cornejo–Valdés definirá si la UCR sigue siendo un actor nacional


En ese vacío aparece la verdadera disputa: Alfredo Cornejo vs. Gustavo Valdés. Dos modelos completamente distintos, dos lecturas opuestas del país y dos ideas incompatibles sobre qué radicalismo puede sobrevivir en tiempos de Javier Milei.

Cornejo, fortalecido por su alianza estratégica con La Libertad Avanza en Mendoza, es hoy el radical que más entendió la época. La ola libertaria no lo asustó; la ordenó a su favor. Mientras otros analizaban si Milei era un peligro institucional o un experimento descontrolado, él hizo lo que siempre hace: contó votos, midió costos y avanzó. Ganó. Y, sobre todo, demostró que adaptarse al clima de época da resultados.

Del otro lado está Valdés, que viene de retener Corrientes y convertirse en el único referente de Provincias Unidas que no salió golpeado en la nacional. Representa otro tipo de radicalismo: más tradicional, más territorial, menos alineado a la Casa Rosada. Y, a diferencia de Cornejo, Valdés no quiere que la UCR termine convirtiéndose en una sucursal del mileísmo con moño boina blanca. Además, tiene un temor concreto —y no infundado—: si el partido sigue compitiendo por fuera de alianzas nacionales, corre riesgo de perder personería en 2027.

Un bloque legislativo que es un campo minado

Mientras los gobernadores se miden, abajo pasa algo todavía más complicado: el bloque de diputados radicales está al borde de partirse. Los 12 que quedan no logran ponerse de acuerdo en absolutamente nada. Ni en nombres, ni en estrategias, ni en cómo posicionarse frente al gobierno.

Y acá aparece otro capítulo de la guerra Cornejo–Valdés, uno mucho menos visible pero igual de decisivo: la pelea por la jefatura del bloque radical.
Cornejo quiere posicionar a Pamela Verasay, su dirigente más confiable en Buenos Aires, como jefa de bloque. No es un detalle: sería la forma de asegurar que, gane quien gane el Comité Nacional, el cornejismo tenga control legislativo y línea directa con la Casa Rosada. Pero esa jugada es dinamita pura en un bloque donde cada movimiento abre una grieta nueva.

Si conduce alguien cercano a Milei, se van los “radicales puros”. Si conduce alguien del sector Lousteau/Yacobitti, se bajan los provinciales. Si conduce Verasay, se incendia media bancada antes de que termine diciembre. Y si condujera alguien del medio, nadie quiere quedar pegado. La frase que se escucha en todos los pasillos radicales es tan cruel como cierta:
“Hagan lo que hagan, se rompen”.

El sueño cornejista de instalar a Verasay al mando del bloque puede durar lo mismo que dura un tuit crítico en X antes de ser borrado: nada. Y en paralelo, Valdés tampoco tiene una tropa homogénea. Todos desconfían de todos. Todos bloquean a todos. Y todos saben que al mínimo movimiento la bancada se parte en dos, tres o cuatro pedazos.

La paradoja brutal: el único que gana con la interna radical es Milei

La ironía final es obvia.
El único beneficiado por este caos es Javier Milei.

Si gana un aliado de él, gana.
Si gana Valdés y se rompe la UCR, también gana.
Si la bancada se atomiza, gana de nuevo.
Si el radicalismo sigue discutiendo qué quiere ser mientras Milei marca la agenda sin oposición real, mejor todavía.

El radicalismo llega al 12 de diciembre tratando de elegir un presidente, pero en realidad está eligiendo algo mucho más decisivo: si se reconfigura para seguir existiendo o si se resigna a pelear por las migas de un sistema político que ya no gira a su alrededor.