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Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta, la derecha arrasó en el Congreso y los estados. Las encuestas habían subestimado al candidato opositor. Lula da Silva llega al balotaje obligado a remontar una elección que le dio una cachetada de realidad.

El domingo 4 de octubre, los brasileños le propinaron un golpe de realidad a Lula da Silva y a sus pretensiones de segundo mandato. Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta con el 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% del actual mandatario. La distancia entre ambos candidatos se hizo bastante estrecha hacia el final de la jornada, con el cómputo de los votos del Nordeste. Pero la imagen de Bolsonaro aventajando a Lula por más de 11 puntos, de la que fuimos testigos al principio de la tarde, fue ilustrativa de un auténtico batacazo del bolsonarismo, que consiguió una elección mucho mejor de la esperada. En este escenario, el oficialismo lulista llegará al balotaje con escaso margen para la remontada.

La derecha tiene motivos de sobra para celebrar. Su avance abarca la carrera por la presidencia, mayorías abultadas en ambas cámaras del Congreso y triunfos en la mayoría de los estados importantes. La interpretación que dejan estos resultados es que el anti-lulismo ha logrado articular una estructura política capaz de disputar el poder en todos los frentes a la vez. Aun así, confundir una primera vuelta favorable con una presidencia asegurada sería un error que la oposición no puede permitirse.

Lula retrocedió en todos lados

Con el escrutinio presidencial completo, Flávio reunió 56.104.503 votos y Lula, 53.879.538. La diferencia fue de 2.224.965 sufragios, equivalentes a 1,87 puntos porcentuales. El centrista Augusto Cury quedó tercero con el 2,89%; el libertario Renan Santos obtuvo el 2,24%; el conservador moderado Ronaldo Caiado, el 2,18%; y el también libertario Romeu Zema, el 0,27%. La segunda vuelta tendrá lugar el 25 de octubre.

El mapa explica buena parte del resultado. Flávio ganó los cuatro estados del Sudeste, São Paulo, Rio de Janeiro y Minas Gerais. Lula mantuvo una ventaja muy amplia en el Nordeste, pero esa fortaleza regional no alcanzó para conservar el liderazgo nacional. El presidente retrocedió en porcentaje de votos en 25 de las 27 entidades federativas respecto de la primera vuelta de 2022; entonces había conseguido el 48,43%, frente al 45,16% actual.

Para el PT, el dato es incómodo. Su candidato conserva una base sólida, pero la capacidad de Lula para presentarse como una figura de peso más allá de su núcleo populista de izquierda es limitada. La elección expone el desgaste de una marca política que vuelve a pedir confianza después de haber incumplido la mayoría de sus promesas a lo largo de 4 años de mandato.

El Congreso quedará dominado por la derecha

La elección legislativa deja al Partido Liberal (bolsonarista) con 121 de las 513 bancas de la Cámara de Diputados. El PT (lulista) tendrá 70; União Brasil (centroderecha), 46; el PSD (centroderecha), 43; y PP y Republicanos (derecha), 41 cada uno. En el Senado, cuya renovación abarcó 54 de sus 81 escaños, la composición prevista para 2027 sitúa al PL con 28 senadores y al PT con nueve. La conclusión es clara, donde la derecha no ha conseguido grandes resultados, si lo ha hecho la centroderecha. El Congreso para los próximos años quedará claramente escorado hacia ese sector.

El resultado fortalece a la derecha como interlocutora obligada del próximo gobierno. Incluso si Lula logra la remontada en las presidenciales, deberá cohabitar con un Congreso en el que su principal partido rival dispone de una posición mucho más fuerte, y donde la mayoría pertenece a sus opositores. La gobernabilidad de un hipotético segundo mandato lulista está en jaque.

La derecha arrasó en los estados más importantes

Veinte gobiernos estaduales quedaron definidos en primera vuelta. El PL (bolsonarista) ganó cinco: Paraná, con el ex-juez de Lava Jato, Sergio Moro, a la cabeza; Santa Catarina, con Jorginho Mello; Rio Grande do Sul, con Luciano Zucco; Rondônia, con Marcos Rogério; y Roraima, con Arthur Henrique. Republicanos (derecha aliada a Bolsonaro) obtuvo São Paulo, Minas Gerais y Mato Grosso. El PT conservó Bahia, Ceará y Piauí. El PSD (centroderecha) consiguió cuatro gobiernos; el PP (derecha), dos; y MDB, Podemos y PSDB (centrão), uno cada uno.

Las victorias de Tarcísio de Freitas en São Paulo y Cleitinho Azevedo en Minas Gerais resultan especialmente relevantes por el tamaño de esos electorados. La derecha contará allí con dirigentes que llegan al tramo final de la presidencial con sus propias elecciones resueltas. Quedan segundas vueltas en Acre, Amazonas, Distrito Federal, Espírito Santo, Rio de Janeiro, Rio Grande do Norte y Tocantins.

Rio de Janeiro merece una precisión: Douglas Ruas obtuvo el 49,27% y Eduardo Paes quedó segundo. La eventual anulación de los votos de un tercer candidato impugnado (Garotinho) podría modificar el cálculo de votos válidos y permitir una definición en primera vuelta. Esa posibilidad depende de la resolución judicial correspondiente; no debe contarse como una victoria ya confirmada.

El avance también alcanza a las legislaturas estaduales. El relevamiento de datos del TSE compilado por Inteligov y publicado por Exame contabiliza 212 diputados estaduales y distritales para el PL, frente a 141 del PT. El partido de Flávio tendrá representantes en 26 unidades federativas. Esto es representativo de cómo el PL se ha impuesto al PT en prácticamente todos los frentes.

Esa capilaridad ayuda a explicar por qué la disputa supera ampliamente los apellidos de los candidatos. Gobernadores, legisladores y estructuras locales pueden convertir una preferencia dispersa en movilización electoral. La derecha sale del domingo con una red territorial fortalecida para afrontar el balotaje.

El supuesto éxito económico no era tan real para los brasileños

El oficialismo exhibe cifras de empleo y renta relativamente positivas, como si esos indicadores cerraran cualquier discusión. La contraparte es demoledora: Brasil llega a las urnas con un nivel récord de endeudamiento familiar. Tener trabajo no equivale a llegar a fin de mes, y un ingreso mayor pierde buena parte de su alivio cuando debe destinarse a pagar obligaciones acumuladas.

En agosto, ocho de cada diez familias tenían deudas. Casi tres de cada diez estaban atrasadas en sus pagos. Y una de cada ocho declaraba no tener condiciones de saldar sus cuentas vencidas. Los datos precisos son 82%, 29,9% y 12,5%, respectivamente. El endeudamiento no significa por sí mismo insolvencia; los atrasos y la incapacidad de pago muestran dónde el problema se vuelve asfixiante. [7]

La comparación con la elección anterior destruye la pretensión de presentar una prosperidad sin fisuras. En agosto de 2022, el porcentaje de hogares endeudados era del 79%; ahora es del 82%. Las familias incapaces de pagar sus cuentas atrasadas pasaron del 10,8% al 12,5%. Hay más empleo, pero también más hogares atrapados por sus obligaciones. El gobierno selecciona los indicadores que lo favorecen; el ciudadano paga la cuenta completa. [7]

Las cuentas públicas aportan otra factura. La deuda bruta alcanzó el 82,9% del PBI en agosto, más de once puntos por encima de diciembre de 2022. En términos simples, el endeudamiento estatal creció con fuerza durante el tercer mandato de Lula. La tasa básica de interés, todavía en el 13,75% anual, completa un escenario de financiamiento inaccesible. [8]

El petismo pretende transformar mejoras parciales en un certificado de buena gestión. No lo tiene. Un país con familias financieramente presionadas y una deuda pública en ascenso exige respuestas que van mucho más allá de un discurso sobre los logros del gobierno. La propaganda termina donde empieza el vencimiento de la tarjeta.

Las encuestadoras fallaron

Varias de las últimas encuestas dieron a Lula una ventaja numérica que las urnas invirtieron. La comparación debe hacerse sobre votos válidos, excluyendo blancos y nulos, y sin mezclar esas cifras con las de intención de voto total. Estos fueron cuatro de los últimos relevamientos:

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Votos válidos. Los márgenes corresponden a los publicados por cada instituto; no son una garantía de acierto.

Todas las encuestadoras fracasaron en mayor o menor medida. Entre las hipótesis que explican esto, deberían examinarse el voto útil de último momento, la participación desigual de distintos grupos, la cobertura limitada de las muestras y las dificultades para captar determinados electores. Pero que los fallos metodológicos siempre arrojen errores hacia el mismo lado, es sin duda motivo de sospecha. La ventaja numérica del oficialismo se dio por inevitable y la interpretación periodística posterior confundió una fotografía imperfecta con el desenlace de la película.

Balotaje: el partido no está liquidado, pero casi

Flávio llega al 25 de octubre con una posición más que favorable. A su liderazgo inicial y su estructura territorial se agregan los apoyos de Caiado y Zema, acaecidos el 5 de octubre. Cury y Renan Santos, en cambio, no respaldaron a ninguno de los finalistas. Sin embargo, los dirigentes pueden recomendar el voto, pero sus electores son los que conservan la decisión final. Este es el caso de Renan Santos cuyos votantes en primera vuelta se espera que acudan a votar a Bolsonaro en masa.

Hay tres desenlaces plausibles. El primero es una victoria de Flávio por un margen estrecho, si conserva su base y capta una porción suficiente de los votos de los demás candidatos de derecha, lo que es previsible. El segundo es una ventaja más amplia, si los nuevos apoyos y la movilización estadual refuerzan el impulso inicial. El tercero, y menos probable, es una remontada de Lula, si logra atraer a electores que rechazan al bolsonarismo y recuperar participación entre potenciales simpatizantes.

La abstención abre una disputa decisiva: 33.469.244 electores no votaron, el 21,08% del padrón. Esa reserva supera ampliamente la diferencia entre los finalistas, pero no pertenece de antemano a ninguno. Además, forma parte de los márgenes de abstención habituales de las elecciones brasileñas de los últimos años.

Como ejercicio aritmético, si ambos retuvieran sus votos y la participación válida permaneciera igual, Lula necesitaría una ventaja neta superior a 2,22 millones entre los sufragios restantes para remontar. Un desplazamiento directo de votantes de Flávio a Lula reduciría la brecha más rápidamente, porque cada voto transferido resta de un lado y suma al otro.

Bolsonaro parte con una clara ventaja, aunque sin margen para la complacencia. Para ampliar su base deberá ofrecer previsibilidad económica, promesas de mayor seguridad y límites institucionales que convenzan a quienes votan contra el PT sin identificarse plenamente con los Bolsonaro. Lula, por su parte, necesita volver a resultar creíble para electores que ya escucharon muchas promesas pero que a lo largo de 4 años no han obtenido resultados concretos.

Lo que se juega más allá de Brasil

Para la Argentina, una presidencia de Flávio Bolsonaro representa una oportunidad estratégica de primer orden. El beneficio empieza por algo concreto: contar con un interlocutor políticamente cercano en el país que constituye el principal destino de nuestras exportaciones. Brasil no es un vecino más. Es un mercado decisivo para la producción argentina y un socio cuya orientación económica pesa directamente sobre las posibilidades de crecimiento regional.

Milei acertó al respaldarlo antes de conocer el resultado. Lo recibió en Buenos Aires a fines de junio y participó en el lanzamiento de su candidatura en São Paulo en julio. Su apuesta consistió en construir una relación con un dirigente que hoy encabeza la competencia presidencial brasileña. El triunfo de primera vuelta da sustento electoral a esa decisión, aunque la presidencia todavía se define en el balotaje.

Ese vínculo ya tiene reciprocidad. Después de la elección, Flávio agradeció públicamente el apoyo argentino y anunció una relación más cercana entre ambas naciones. Para Milei, llegar a esa etapa con una interlocución previamente construida constituye una ventaja: permite comenzar la negociación política con confianza y una agenda compartida, en lugar de dedicar meses a establecerla.

La convergencia ofrece un terreno favorable para reducir trabas comerciales, simplificar regulaciones y dar previsibilidad a las inversiones. El eje Buenos Aires–Brasilia tiene el peso necesario para impulsar un Mercosur más abierto y competitivo. Argentina necesita mercados para vender y empresas dispuestas a invertir; un entendimiento político sólido con Brasil mejora las condiciones para trabajar en esos objetivos.

La energía muestra el potencial con especial claridad. Vaca Muerta aporta una base productiva de enorme valor y Brasil representa un gran mercado para el gas argentino. Ambos países ya cuentan con una hoja de ruta de integración gasífera, elaborada a partir de trabajo técnico conjunto durante 2025. La oportunidad de un gobierno aliado consiste en dar impulso político a esa base existente y convertir proyectos de interconexión en contratos, infraestructura y exportaciones sostenidas.

Para nuestra Mendoza, la conexión también es directa. Brasil ya compra vinos y alimentos de nuestra provincia, y Pro Mendoza mantiene iniciativas comerciales y logísticas en ese mercado. Una agenda bilateral orientada a facilitar negocios pone en primer plano lo que necesitan bodegas y productores: menos obstáculos, costos logísticos competitivos y acceso estable a compradores. La discusión geopolítica tiene una traducción concreta en el trabajo de las empresas mendocinas.

La fortaleza de un bloque regional de derecha nace de combinar capacidades. Brasil aporta escala industrial y un enorme mercado; Argentina suma energía, alimentos, conocimiento y una posición estratégica en el Cono Sur. La coordinación con otros gobiernos afines amplía el alcance de esa complementariedad. La agenda común debe convertir esos recursos en cadenas productivas, corredores logísticos y proyectos privados sostenidos por reglas claras.

El bloque también gana capacidad negociadora. Coordinar posiciones comerciales y diplomáticas permite defender intereses comunes con mayor peso ante Estados Unidos, Europa y Asia. La cercanía política con Washington es una herramienta para atraer inversión y cooperación tecnológica; la relación comercial con China y otros mercados exige pragmatismo. Una derecha que defiende la soberanía negocia para producir y vender más, y protege la libertad de sus países para decidir.

La seguridad completa esa agenda. El narcotráfico y el crimen organizado cruzan fronteras; una respuesta regional requiere inteligencia compartida, cooperación policial, control de pasos fronterizos y seguimiento del dinero ilícito. Un bloque unido alrededor de la defensa del orden cuenta con una plataforma política para impulsar esa coordinación. Su fuerza se mide en resultados y capacidad institucional.

La apuesta de Milei tiene, por tanto, una lógica que excede la afinidad personal: sumar a Brasil a una articulación regional favorable a la iniciativa privada, la seguridad y los límites al poder estatal. El respaldo temprano construyó un vínculo y la primera vuelta confirmó la fuerza electoral del aliado elegido. El 25 de octubre se decide si esa oportunidad alcanza el Palacio del Planalto. Para Argentina, su valor estratégico ya está sobre la mesa.