miércoles, noviembre 4 2026
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Sam Altman y Dario Amodei hablan de democratizar la superinteligencia mientras cuestionan que las personas tengan capacidad de procesamiento en sus propias computadoras. Detrás del argumento de la eficiencia aparece un negocio bastante menos “buenista”… concentrar infraestructura, controlar el acceso a los modelos y convertir la inteligencia artificial en otro mercado de dependencia tecnológica. La libertad de elegir también significa poder ejecutar tus propios modelos sin pedirle permiso a nadie.

Sam Altman cuestionó que millones de personas tengan memoria RAM instalada en sus computadoras y la utilicen solamente una pequeña parte del tiempo. Lo hizo durante su participación en el podcast Cheeky Pint, donde planteó que esos recursos podrían aprovecharse mejor si estuvieran concentrados en centros de datos.

La propuesta tiene una particularidad que no debe pasarse por alto… cuando la capacidad de procesamiento está en manos de un individuo, parece un recurso desperdiciado; cuando está concentrada en una corporación que puede cobrar por utilizarla, pasa a ser una asignación eficiente.

Dicho bien en criollo… tu computadora tiene demasiada RAM, pero los datacenters de las grandes tecnológicas necesitan mucha más.

Estamos discutiendo quién es dueño de los recursos, quién decide cómo utilizarlos y hasta dónde llega la libertad de cada individuo para producir con su propia infraestructura.

Tu computadora no es un recurso ocioso de OpenAI

La memoria RAM pertenece a quien compró la computadora. No es un recurso comunitario ni un activo disponible para que una corporación decida dónde debería estar instalado.

El propietario no tiene que justificar cuánto utiliza su hardware. Puede ejecutar modelos de inteligencia artificial, virtualizar servidores, compilar software, investigar o dejar la computadora encendida sin hacer absolutamente nada.

Es su propiedad. Es su decisión. PUNTO.

El individuo no existe para optimizar los balances de OpenAI. Su capacidad productiva tampoco está al servicio de los objetivos comerciales de Sam Altman.

La eficiencia económica no puede convertirse en una excusa para cuestionar la autonomía de quien adquirió legítimamente sus propios recursos.

Si Altman considera que los centros de datos son una alternativa superior, puede invertir su capital, construirlos y competir. Lo que no corresponde es presentar la concentración de infraestructura como una necesidad colectiva y la propiedad informática individual como un desperdicio.

Los modelos abiertos son una amenaza para el negocio de la dependencia

Hoy podemos descargar modelos como Llama, Mistral, DeepSeek o Qwen, ejecutarlos localmente y utilizarlos de acuerdo con sus respectivas licencias. Herramientas como Ollama simplificaron enormemente ese proceso.

No hace falta contratar una API para cada consulta ni pagar una suscripción para experimentar. Tampoco es obligatorio enviar documentos a proveedores externos o aceptar que una plataforma determine los precios y las condiciones de acceso.

Podés instalar un modelo en tu computadora, desplegarlo en un servidor propio y desarrollar tus propias aplicaciones.

Para una empresa significa decidir dónde procesa su información. Para un desarrollador, reducir intermediarios. Para un investigador, experimentar sin depender de una plataforma comercial. Para cualquier usuario, conservar mayor control sobre sus herramientas.

Obviamente, no todos los modelos abiertos ofrecen las prestaciones de los mejores servicios propietarios. Tampoco todas sus licencias permiten modificar y redistribuir los modelos sin restricciones. Los modelos de pesos abiertos (open-weight) no son necesariamente software libre.

Pero hay algo que no admite demasiada discusión: hoy existe una alternativa a alquilar permanentemente inteligencia artificial.

Y esa alternativa introduce competencia en un mercado donde algunos de los principales protagonistas tienen intereses económicos muy concretos en mantener el control de la infraestructura.

Silicon Valley descubrió el capitalismo, pero parece que olvidó la competencia

Durante años, los grandes ejecutivos tecnológicos defendieron la competencia, la innovación y la iniciativa privada como motores del progreso. Sin embargo, cuando aparecen herramientas que permiten reducir la dependencia de sus servicios, empiezan a cuestionar la conveniencia de que los usuarios tengan infraestructura propia.

Mientras construyen instalaciones multimillonarias para concentrar capacidad de procesamiento, pretenden instalar la idea de que ejecutar modelos localmente es ineficiente. Quieren que las empresas dependan de sus APIs, que los desarrolladores construyan sobre sus plataformas y que los consumidores paguen mensualmente por servicios que podrían resolver, al menos parcialmente, con recursos propios.

No se trata de cuestionar la existencia de OpenAI o Anthropic. Una empresa privada tiene derecho a desarrollar productos, establecer precios y buscar rentabilidad. El consumidor tiene exactamente el mismo derecho a elegir otra alternativa.

La competencia consiste en ofrecer un producto suficientemente bueno para que alguien decida pagarlo voluntariamente. No en convencer al mercado de que disponer de herramientas propias es una excentricidad.

Si tu negocio necesita que los consumidores consideren inútil su propia infraestructura, quizás el problema no esté en la eficiencia del consumidor.

La IA estrecha: el negocio no necesita superinteligencia

Mientras Altman y Dario Amodei alimentan las expectativas alrededor de la inteligencia artificial general y la superinteligencia, hay un negocio mucho más concreto funcionando.

La IA estrecha ya permite automatizar procesos, programar, redactar, analizar información, generar imágenes y prestar servicios especializados.

No necesita conciencia, voluntad propia ni inteligencia superior a la humana. Necesita clientes.

Suscripciones, tokens, APIs, contratos empresariales y alquiler de capacidad de procesamiento. Un modelo de ingresos recurrentes que puede expandirse sin cumplir ninguna de las promesas más espectaculares de sus promotores.

La estrategia comercial es bastante simple… conseguir que empresas y particulares incorporen servicios propietarios a sus actividades, construyan sus procesos alrededor de esas plataformas y encuentren cada vez más costoso abandonar al proveedor.

Eso es dependencia tecnológica a todas luces…

No hace falta imaginar conspiraciones para entender los incentivos. Una compañía que factura por cada consulta tiene interés en ampliar el consumo de sus servicios. Una empresa que vende capacidad de cómputo necesita que cada vez más actividades dependan de esa capacidad.

El problema no es que quieran ganar dinero. Es legítimo que busquen rentabilidad. La cuestión es si pretenden convertir su modelo comercial en el único camino posible.

Socializar los costos, privatizar el control

La expansión de los centros de datos requiere inversiones extraordinarias en electricidad, terrenos, agua, memorias, procesadores, aceleradores y conectividad.

También hay proyectos que buscan incentivos fiscales, facilidades regulatorias y apoyo estatal.

Y acá aparece una contradicción que debería incomodar especialmente a quienes dicen defender el libre mercado.

No hay ninguna razón para que el contribuyente tenga que financiar las apuestas empresariales de corporaciones multimillonarias.

Si un proyecto es rentable, que sus inversores asuman el riesgo y se queden con los beneficios. Si fracasa, que soporten las pérdidas. El riesgo empresarial no puede transformarse en una obligación para el resto de la sociedad.

No necesitamos un capitalismo de amigos donde las empresas reclaman competencia cuando quieren vender y asistencia estatal cuando necesitan financiar sus inversiones.

Tampoco necesitamos funcionarios decidiendo qué infraestructura informática debería tener la población porque algún ejecutivo de Silicon Valley considera que sus recursos están mal aprovechados.

La propiedad privada y la libertad contractual no son obstáculos para la innovación. Son condiciones fundamentales para una economía competitiva.

No necesitamos permiso para pensar, procesar ni producir

La informática personal permitió que individuos, pequeñas empresas, universidades e investigadores tuvieran capacidad de procesamiento propia. Los modelos abiertos ofrecen una oportunidad para profundizar ese proceso.

No necesitamos que OpenAI nos explique cuánta RAM deberíamos tener. Tampoco que Anthropic determine dónde ejecutar nuestros modelos o que una corporación nos convenza de que administrar nuestros propios servidores es una excentricidad.

Quien quiera utilizar ChatGPT, Claude o cualquier otro servicio comercial puede hacerlo. Una empresa que prefiera contratar infraestructura en la nube está en todo su derecho.

Pero quien quiera comprar hardware, descargar modelos, ejecutarlos localmente y desarrollar sus propias herramientas también debería poder hacerlo sin que le expliquen que está desperdiciando recursos.

La libertad económica no consiste en reemplazar al Estado por un puñado de corporaciones con poder de mercado. Consiste en preservar la capacidad del individuo para producir, intercambiar, elegir y conservar los frutos de su trabajo.

Altman y Amodei pueden construir todos los datacenters que quieran. Pueden invertir, competir y ofrecer sus servicios. Lo que no pueden pretender es que el resto renuncie a su autonomía para garantizarles un mercado.

La inteligencia artificial debería multiplicar nuestra capacidad individual, no convertirnos en abonados perpetuos de una infraestructura ajena.

Tu RAM no es de Sam Altman. Tu computadora no es un recurso ocioso de OpenAI y tu capacidad de procesamiento no tiene por qué convertirse en una suscripción mensual.

No necesitamos un nuevo socialismo tecnológico que administre nuestra capacidad de pensar y producir. Necesitamos competencia, propiedad privada, modelos abiertos y libertad para elegir.

Y si estos munipas VIP de Estados Unidos quieren convencernos de que entregarles nuestra infraestructura es el precio del progreso, por lo menos que tengan la honestidad de llamarlo por su nombre: un negocio de dependencia tecnológica.