“Pasillos y Trincheras”: crónicas desde la Legislatura de Mendoza y la nueva generación liberal
En honor a este 25 de Mayo, daré inicio una columna llamada “Pasillos y Trincheras”, relatando mi vivencia en la mismísima Legislatura de Mendoza, buscando convertirse en una bitácora política escrita desde adentro, particularmente desde la Cámara de Diputados provincial, como también en las diversas trincheras donde el liberalismo mendocino presentó — y seguramente seguirá presentando— batalla.
Será un recorrido por las historias, tensiones, errores, aprendizajes y desafíos que atraviesan la vida legislativa y la construcción de un movimiento liberal en tiempos de confrontación permanente.
Entre sesiones, operaciones, recorridas, debates y militancia, esta columna buscará mostrar la política con la menor cantidad posible de maquillaje. Aunque, siendo honestos, todos comprendemos que cierta “cintura política” termina formando parte inevitable del oficio. Y quizás demasiado rápido, empecé a comprender lo que eso verdaderamente significa.
La política real dentro de la Legislatura de Mendoza
Ahora bien, ¿quién cuenta la mística, el desgaste, las contradicciones, las convicciones y también el costo humano de sostener ideas dentro de estructuras acostumbradas a resistirse al cambio? Y no me refiero al supuesto “cambio” reciclado de quienes ya tuvieron su oportunidad y fracasaron.
Tampoco pretendo que estas líneas sean interpretadas desde lo personal o desde lo emocionalmente individual. La política, cuando se vive de verdad, trasciende rápidamente los nombres propios, y muchos deberían comprenderlo.
Las experiencias aquí narradas no buscan ajustar cuentas, sino reflejar una época, una generación y una forma particular de entender la militancia, el poder, las lealtades y las batallas culturales que hoy atraviesan a Mendoza y a toda la Argentina. Porque detrás de cada sesión en la Legislatura y de cada debate político, existen tensiones, convicciones, errores y decisiones que rara vez llegan a mostrarse públicamente.
Vale aclarar que tampoco pretendo escribir una crónica institucional aburrida. Sí pretendo narrar la experiencia de una generación política que entendió que hacer patria exige mucho más que discursos, consignas o slogans de ocasión.
Porque la política real no vive solamente en los recintos ni en las redes sociales. Tengo claro que habita un poco en cada uno de nosotros, pero también en muchos otros lugares, en los pasillos, en las reuniones interminables, en los armados silenciosos, en las derrotas inesperadas, en los abrazos sinceros, en las traiciones inevitables y en cada decisión tomada cuando se apagan las cámaras.
Y quizás sea justamente ahí, cuando termina el acto y empieza la realidad, donde verdaderamente comienza esta historia.
La política después de la épica: la juventud liberal y las batallas políticas
Comenzaré con unas breves líneas que pueden funcionar más como advertencia que como introducción, no para la militancia, sino para quienes observan, analizan, cuestionan o incluso esperan nuestro fracaso.
Al final de mis cuentas, cometí varios errores. Y aun dispuesta a cometer muchos más, me atrevo a decir algo que parece evidente a simple lectura, pero insuficientemente creíble para quienes ardemos por dentro, hacer patria era mucho más que sentir intensamente el bendito cántico del Himno Argentino. Mucho más que los largos asados con afectos hablando de política, ahí donde inocentemente muchos creíamos —y algunos todavía lo hacen— que el destino nacional podía resolverse entre humo, vino y promesas.
Era mucho más que declararle la guerra al sistema rodeada de soldados que, por su firmeza y convicción, parecían un batallón invencible. Porque la realidad termina enseñándote que el enemigo existe, y que no solo existe, además es enorme, está organizado, tiene poder, recursos, tiempo, experiencia y décadas enteras de ventaja.
Aun así, con el corazón en la mano, sé que estaremos más presentes que nunca.
¿Pocos? No lo sé.
¿Imperfectos? Quizás también.
Pero organizados.
Con la convicción suficiente para entender que las batallas importantes nunca fueron pensadas ni para los cómodos, ni para los moralistas de tribuna, ni para los revolucionarios de sobremesa. Y ahora comprendo algo todavía más incómodo, la épica es hermosa… hasta que aparece la realidad.
Esa realidad que parecía grande, pero en verdad era descomunal.
Interminable.
Difícil incluso de dimensionar.
Pero el golpe, además de doler, despierta.
Sin dudas, nos despertó.
Y una vez despiertos, levantarse deja de ser una opción y pasa a convertirse casi en una orden implícita. Por eso me atrevo a decir que, para estos jóvenes revolucionarios, las órdenes, la organización y el verticalismo devienen en eje de lucha. Entienden que recuperar la grandeza argentina depende de pasos coordinados, convicciones firmes y una voluntad capaz de resistir incluso cuando el escenario parece adverso.
Está juventud no se van a permitir fracasar, por el contrario, desafío que se presente será aceptado.
Lectores, libertarios y meros espectadores, en ese lugar estamos.
Incómodo y reconfortante al mismo tiempo.
Un lugar de crecimiento exponencial, ansiedad descomunal y aprendizaje permanente.
De la juventud a la Legislatura
La política real no empieza en los discursos, empieza cuando entendés el tamaño del adversario… y aun así decidís presentar batalla. Léase con atención, señor lector, la juventud no solo es el presente y el futuro. La juventud hoy tiene voz, escribirá y contará su propia historia. Sean todos bienvenidos a deleitarse con ella, a juzgarla o incluso a criticarla. Pero algo afirmaré sin titubear, que ustedes hayan llegado hasta estas últimas líneas ya representa, para nosotros, una victoria.
¿Venceremos el tablero completo o seremos vencidos?
¿Puede realmente perder quien decidió jugar únicamente para ganar?
Porque, si nos sinceramos, al final de cuentas… ya ganamos.
Feliz 25 de mayo. ¡Viva la patria!





