En los partidos políticos tradicionales, a la militancia rentada (con carguitos por todos lados, desde asesorías mal o bien pagadas hasta las segundas o terceras líneas de las administraciones municipales y provinciales) se le agrega un sinnúmero de adherentes que, llevados por la emoción irracional de las consignas y los trapos al viento, conforman la masa de asistentes a marchas, manifestaciones, actos públicos y asambleas masivas. Mientras unos dirigen desde el Olimpo de las oficinas gubernamentales, otros se conforman (involuntariamente, muchas veces) con ser el músculo del cambio. Digo cambio, porque la transformación en pos del beneficio de la ciudadanía forma parte constitutiva del discurso partidocrático. Dicen que van a cambiar todo, con el objeto de no cambiar nada. Claro que los adherentes son poco o nada conscientes de ser parte del engranaje de semejante maquinaria. Cuando se dan cuenta, o se alejan (“se aburguesan”) o se integran al círculo selecto de la militancia rentada.
Obviamente, en el ámbito de la Universidad Nacional de Cuyo, ese esquema se replica. Esto se da por la sencilla razón que los partidos han trasladado a sus agrupaciones universitarias, sean kirchneristas o radicales, los modos y procedimientos propios de sus prácticas políticas. Con lo cual, aquí nos encontramos también con los militantes rentados y con los adherentes entusiastas. Éstos últimos ya no son tantos como hace unos años. Algunos tal vez se han dado cuenta de cómo es el juego, otros ya ingresaron en el cursus honorum (llamémoslo así, con perdón de los romanos). Pero cierto número de jóvenes que ostentan las remeras partidarias que indican su procedencia política, militan por amor al arte. En lenguaje futbolero: bancan los trapos.
Participan en cuanta marcha se organiza, se ponen a dibujar carteles con mayor o menor calidad artística (o ninguna, sino miren con atención los carteles de las agrupaciones de izquierda), firman solicitadas, ocasionalmente reciben alguna dosis de gas pimienta en algún enfrentamiento con la policía, etc. En cuanto a estudiar, mientras los rentados rara vez lo hacen, entre los no rentados es posible encontrar estudiantes propiamente dichos… en sus ratos libres. Hay una película muy interesante al respecto, El estudiante, del cineasta Santiago Mitre (interpretada por un joven y siempre imperturbable Esteban Lamothe), en la cual se ven reflejados los dos tipos de militancia: el militante profesional y el otro, el que banca los trapos porque las consignas le conquistaron el corazón.
Los militantes no rentados de la política universitaria son dignos de una mezcla de admiración e indignación. Por un lado, se los puede admirar por todas las ganas que les ponen a las actividades que llevan adelante. Son capaces de quedarse largas horas pintando una bandera (partidaria, es obvio, pues las banderas argentinas les dan escozor), pegando carteles (de los 30 mil, del aborto, de la diversidad o en defensa de Palestina, pues son monotemáticos) o discutiendo en los pasillos con mayor o menor tino. Todo por dos pesos (alguna beca de fotocopias, un café con leche a la mañana o la simple satisfacción de estar embanderados en la lucha estudiantil… claro que estudiando muy poco). Por el otro lado, indigna bastante las maratónicas sesiones de mate sin lectura, las mesas de examen en las que no se presentan, los apuntes que piden prestados porque rara vez cursan, las tomas en las que participan (protagonizar jamás, pero levantar la mano para que se tome la facultad en la que no estudian… ¡Siempre!).
En sus enfebrecidas cabezas se deben mezclar imágenes de Lenin hablándole a los obreros rusos, Perón el 17 de octubre, los jóvenes cordobeses tomando su Universidad en los días “épicos” de la Reforma, etc., de acuerdo a su pertenencia ideológica. Igualmente, en la mayor parte de ellos lo que siempre se debe aparecer es el Mayo Francés y la mirada magnética (para ellos) del Che.
La revolución o la reforma, como procesos de transformación, son los ideales que estos militantes ansían alcanzar, con un problemita de raíz, pequeñito tal vez para ellos. La Universidad, por esencia y concepción, representa tanto el progreso como la continuidad. El “hacer tabla rasa” no es propio del saber universitario. Toda política que se precie de universitaria debe tener muy en claro esto. Sin la búsqueda de la verdad, la libertad académica y la actitud reflexiva, principios que forman parte, entre otros, de la Tradición universitaria y que garantizan la continuidad por fuera de los vaivenes a los que los partidos y sus militantes arrastran a la Universidad, los fines que le son propios corren el riesgo de someterse a agendas en las cuales el estudio y el saber son secundarios. Con lo cual puede llegarse al punto que la Universidad… deje de ser Universidad.
Sean rentados o no, los militantes reformistas y revolucionarios (para los cuales sus prácticas políticas específicas son iguales a las que llevarían adelante en una unidad básica, una unión vecinal, un sindicato o un club de fútbol) le hacen mucho mal a la Universidad. Porque, conscientes o no de lo que provocan, buscan transformarla de tal manera que la misma corre riesgo en su integridad y significación. ¡Pobre de aquella sociedad que deja que la institución que piensa y reflexiona caiga en manos de los irracionales e irreflexivos!




