Cuba se apaga ante la presión de Trump: sin luz, sin petróleo y cocinando a carbón
El “paraíso socialista” completó su viaje de regreso a la Edad de Piedra. En las calles de La Habana, donde alguna vez se prometió un futuro utópico bajo las premisas del comunismo, hoy sólo queda humo. No es el humo de la industria ni del progreso, sino el del carbón.
Ante el colapso definitivo de la red eléctrica, las familias habaneras han tenido que recurrir a ese material para cocinar, pagando precios exorbitantes en el mercado negro. Es la postal final de un modelo económico agotado, que tras sesenta años de decadencia estructural y descomposición social, ya no tiene a quién parasitar.
Esta regresión histórica no es casualidad, sino la consecuencia directa de un sistema inviable por su propia naturaleza, habiendo dejado a 10 millones de personas en la más absoluta indigencia, obligadas a subsistir raquíticamente bajo el yugo de un régimen tremendamente represivo y sangriento.
Bajo la sombra de edificios derruidos y calles vacías, se cocina a fuego lento, no sólo el escaso alimento que se consigue, sino el final de una era. El experimento comunista, privado finalmente de los huéspedes extranjeros a los que parasitó durante más de medio siglo, agoniza ante la mirada atónita de sus propias víctimas -el pueblo cubano- y la presión implacable de una geopolítica que ya no le es favorable.

La economía de la isla está asfixiada
La situación que se vive actualmente en la isla no tiene parangón, ni siquiera comparada con el infame “Período Especial” de los años noventa, y la parálisis es total. La crisis energética, que venía degradando la vida cotidiana cubana paulatinamente, tocó fondo.
El detonante inmediato de esta parálisis dramática fue la emisión de una notificación oficial, NOTAM, por parte de las autoridades de la aviación civil cubana, informando a las aerolíneas internacionales que, desde el 10 de febrero y hasta el 11 de marzo, no habrá disponibilidad de combustible para aviones en ninguno de los aeropuertos internacionales del país, incluido el José Martí de La Habana.
La reacción de las aerolíneas fue inmediata y devastadora para las arcas del régimen. Air Canada, la principal aerolínea emisora de turistas hacia la isla, anunció la suspensión total de sus operaciones, enviando aviones vacíos con el único propósito de evacuar a unos 3.000 ciudadanos canadienses que quedaron varados en el “paraíso socialista”, sin luz ni agua.
Del mismo modo, la aerolínea rusa Aeroflot tuvo que restringir sus servicios, operando vuelos de rescate para repatriar a más de 4.000 turistas rusos que se encontraban en la isla, mientras los hoteles en polos turísticos como Varadero cierran sus puertas o reubican a los huéspedes en un intento desesperado por concentrar los escasos recursos energéticos. El turismo, la última válvula de oxígeno de la dictadura, está muriendo de inanición.
En las calles, la vida del cubano de a pie se transformó en una lucha agonizante. El transporte público en La Habana desapareció casi por completo. El tráfico, usualmente caótico, se ha extinguido, dejando avenidas totalmente desiertas por donde sólo transitan algunos vehículos estatales y los pocos privados que pueden pagar el combustible en el mercado negro, a precios inaccesibles para el cubano promedio.
El régimen decretó una “economía de guerra” administrativa, donde el Banco Metropolitano redujo su horario de atención al cliente a sólo cuatro horas y media, cerrando a la una de la tarde; se ha impuesto el teletrabajo obligatorio para el sector estatal (en un país donde no hay energía eléctrica) y la semana laboral se recortó a cuatro días, de lunes a jueves, en un intento patético de ahorrar kilovatios que no se producen.
Sin embargo, el dato más crudo de esta coyuntura lo encontramos en la cocina de los cubanos. Ante el colapso del Sistema Eléctrico Nacional (SEN), que sufre de cortes de luz de hasta 18 horas diarias, y la falta de gas licuado, las familias tuvieron que recurrir masivamente al carbón.
El precio de un saco de este material se disparó hasta los 5,25 dólares estadounidenses (unos 2.600 pesos al cambio informal), una cifra que resulta obscena si se considera que el salario medio estatal apenas roza los 10 dólares mensuales. Es decir, un cubano debe invertir más de la mitad de su sueldo mensual sólo para tener con qué encender un fuego. La inflación está totalmente desbocada y complica la vida diaria. Un litro de leche cuesta hoy 3,20 dólares y un paquete pequeño de muslos de pollo alcanza los 4,00 dólares. La miseria campa a sus anchas a lo largo y a lo ancho de la isla.

Sin huéspedes que parasitar y bajo presión estadounidense
Para entender por qué Cuba se apaga hoy, es necesario mirar hacia afuera de la isla. La coyuntura política actual está marcada por el evento canónico ocurrido el pasado 3 de enero. La operación militar estadounidense que culminó con la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro. Durante 25 años, el chavismo funcionó como el respirador artificial del castrismo, enviando petróleo regalado a cambio de “inteligencia y seguridad”. Con la caída de Maduro, ese cordón umbilical fue cortado de un zarpazo. Según datos de la consultora de energía Kpler, en enero de 2026 las importaciones de petróleo a Cuba cayeron a cero. Es el primer mes en más de una década que la isla no recibe crudo extranjero.
El escenario internacional se volvió hostil para la tiranía de La Habana debido al retorno de Donald Trump a la Casa Blanca y su política de “tolerancia cero y presión total”. El presidente estadounidense firmó una orden ejecutiva a finales de enero amenazando con aranceles punitivos a cualquier nación que suministre petróleo a Cuba, calificando al régimen como una amenaza inusual y extraordinaria. El efecto fue inmediato, ya que México, que bajo la administración de Claudia Sheinbaum había intentado socorrer a sus aliados ideológicos enviando crudo, suspendió los envíos petroleros ante la amenaza económica de Washington, limitándose a enviar ayuda humanitaria simbólica.
El aislamiento del régimen comandado por Miguel Díaz-Canel es absoluto. Políticamente, el gobierno se encuentra atrincherado en una retórica belicista obsoleta consistente en defender una revolución en la que ningún cubano de nuestra generación cree, todo mientras congresistas cubano-estadounidenses como Carlos Giménez y Mario Díaz-Balart aseguran que nunca habían visto a la dictadura en una posición de tanta debilidad estructural. La estrategia de la administración Trump es clara, la de asfixiar las fuentes de ingreso que la oligarquía militar utiliza para la represión, forzando un cambio de régimen antes de que termine el año. Se busca cortar el flujo de recursos a una cúpula que, como bien señalan los reportes de inteligencia, utiliza el poco combustible que entra para revenderlo en mercados internacionales o para los vehículos de los jerarcas, mientras el pueblo vive condenado a la oscuridad.

El resultado de décadas de degradación estructural
La dramática coyuntura actual no es accidental. Es el resultado final de décadas de destrucción sistemática del aparato productivo. La crisis social y económica de Cuba es estructural y profunda. El Producto Interno Bruto (PIB) se contrajo un 5% en 2025, acumulando una caída superior al 15% desde 2020. No se trata de una recesión cíclica, sino de la descapitalización total de un país. La infraestructura industrial ha desaparecido, el sistema sanitario —otrora joya de la propaganda— ha colapsado ante la falta de insumos y en medio la suciedad, y la educación es una sombra de adoctrinamiento en aulas vacías ante pocos niños mal alimentados.
La demografía nos cuenta la historia más dramática de todas. Desde 2020, más de tres millones de cubanos han abandonado la isla, un éxodo de proporciones bíblicas que representa a más de una cuarta parte de la población total. Se han marchado casi todos los jóvenes, los profesionales y la fuerza laboral, dejando atrás un país de ancianos indigentes que dependen de las remesas para no morir de hambre. Esta sangría humana es la prueba absoluta del fracaso del sistema, con la gente votando con los pies, huyendo no solo de la pobreza, sino del sombrío futuro que les espera en la isla.
El sistema energético es fiel reflejo de la naturaleza del régimen. Las termoeléctricas soviéticas, con más de cuarenta años de explotación sin mantenimiento, no pueden sostenerse sin el combustible regalado que ya no llega. La matriz productiva es inexistente; Cuba importa casi el 100% de la canasta básica familiar porque el Estado, en su afán de control totalitario, ha destruido el campo y perseguido a los productores privados. La escasez de agua potable, la acumulación de basura en las esquinas de La Habana y la proliferación de enfermedades son el paisaje habitual de un modelo que, en su promesa de igualdad, los hizo igualmente pobres a todos, con la insólita excepción de la elite dirigencial, que se reparte con prioridad los escasos recursos que produce la sociedad cubana.
El “bloqueo”, la misma excusa de siempre
Durante décadas, la narrativa oficialista culpó al embargo estadounidense de esta catástrofe. El “bloqueo” es el chivo expiatorio del régimen comunista. Como explican analistas económicos, el embargo estadounidense no es total: Estados Unidos es, de hecho, uno de los mayores proveedores de alimentos a la isla. Las medicinas y los alimentos están exentos de sanciones. Si Cuba no tiene leche ni pan, no es porque Washington lo prohíba, sino porque el régimen cubano no tiene capacidad para pagarlos, ya que ha destruido su capacidad de generar riqueza.
La causa raíz del desastre no la encontramos fuera, sino dentro de la propia isla. Es el sistema de planificación centralizada, la abolición de la propiedad privada y la persecución de la iniciativa individual lo que ha convertido a una de las naciones más prósperas de América Latina hacia 1958, en un mendigo internacional. El castrismo diseñó una economía parásita que dependía exclusivamente de subsidios extranjeros. Primero de la extinta Unión Soviética y, tras su colapso, del petróleo chavista. Nunca hubo intención ni capacidad de crear una economía sostenible; a esta altura, pareciera que a propósito, porque la prosperidad económica de los ciudadanos cubanos también sería una amenaza para el control político del Partido Comunista.
Lo que presenciamos actualmente es otra demostración empírica más de que el socialismo es inviable en todos los aspectos. Sin un huésped más grande o rico en recursos al cual succionar, el parásito socialista muere. La presión de Donald Trump y el inminente fin del chavismo simplemente han retirado ese soporte vital, a un paciente que llevaba años en muerte cerebral económica. La represión, la falta de libertades y la gestión desastrosa de la economía por parte del conglomerado militar GAESA, son los únicos responsables de que hoy el cubano de a pie tenga que cocinar a carbón mientras los hoteles de lujo y los jerarcas del régimen tienen plantas eléctricas exclusivas.
¿Qué le depara el futuro a los cubanos?
En vistas del futuro, esta situación sombría es, paradójicamente, esperanzadora para la causa de la libertad del pueblo cubano. Expertos en energía, como Jorge Piñón de la Universidad de Texas, advierten que las reservas de combustible de la isla se agotarán completamente para abril. Esto llevaría a un colapso total de los servicios básicos, pero que paralizaría incluso las funciones represivas del Estado.
En este escenario, la especulación sobre el futuro del régimen oscila entre dos horizontes. Por un lado, existe la posibilidad real de un estallido social masivo, superior a las protestas del 11 de julio de 2021, empujado por el hambre y el hartazgo. Sin embargo, la capacidad de respuesta violenta del régimen sigue intacta, y existe el temor fundado de un baño de sangre si la cúpula decide resistir hasta el final, emulando tácticas iraníes o venezolanas.
Por otro lado, la presión extrema de la administración Trump busca fracturar a la élite burocrática. Se habla de negociaciones secretas para ofrecer una salida a los jerarcas militares a cambio de una transición democrática. Sin la protección de Venezuela y con Rusia ocupada en Ucrania, el castrismo está más solo que nunca. A largo plazo, la reconstrucción de Cuba será una tarea titánica. El daño social estructural sufrido requerirá generaciones para ser subsanado. Pero la certeza que se respira en el aire tenso de La Habana es que el status quo es insostenible. Cuba se desangra lentamente mientras el cambio de rumbo se hace menester. Y aunque el parto de la libertad sea doloroso, esta distopía sangrienta debe llegar a su fin, por el bien del pueblo cubano.



