sábado, septiembre 19 2026
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En una entrevista extensa y sin concesiones en Código Gatica, la periodista Fernanda Verdeslago analiza el fenómeno Milei, la mutación del vínculo entre política y medios, la precarización del oficio y los límites cada vez más difusos entre periodismo, militancia y comunicación. En un escenario atravesado por redes, fake news y desconfianza social, advierte: “El cara a cara va a valer oro”.


Hay trayectorias que se construyen con estudio y hay otras que se forjan en la calle. La de Fernanda Verdeslago pertenece claramente al segundo grupo. Antes de cubrir rosca política, declaraciones juradas y sesiones legislativas, pasó por el periodismo deportivo, la radio, los móviles y la gráfica. “Deportes y policiales te entrenan para todo”, dice, casi como una máxima de oficio. No hay boletín oficial, no hay voceros, no hay red: hay que salir a buscar la información.

Ese entrenamiento explica, en buena medida, su mirada actual sobre el periodismo político y el momento que atraviesa. En el cierre de año del programa Código Gatica, conducido por Valentina Gatica, Verdeslago despliega un diagnóstico amplio y sin eufemismos sobre el vínculo entre el poder, los medios y la sociedad.

Para la periodista de El Editor Mendoza, el conflicto entre política y periodismo no es nuevo, pero sí mutó en su forma y en su intensidad. “En la época del kirchnerismo la disputa estaba más concentrada en los grandes grupos editoriales. Hoy es más expansiva: hay muchos periodistas con nombre y apellido en el centro del ataque”, sostiene. La diferencia no es menor. Antes había enemigos identificables; ahora, el blanco es más difuso y constante.

En ese escenario aparece el fenómeno Milei, al que Verdeslago define como un punto de quiebre. No solo por su llegada al poder, sino por el modo en que lo hizo. “Quemó los libros de la política”, resume. Llegó sin estructura, sin aparato tradicional y con una campaña que encontró en las redes el canal perfecto para interpelar a una franja que estaba completamente desconectada de la política. “No era solo enojo: era desinterés, que es todavía peor”, analiza.

La clave, señala, no fue únicamente el mensaje, sino la capacidad de generar un ecosistema donde los propios seguidores producían y amplificaban contenido. Algo inédito en la política argentina reciente. Ese fenómeno, advierte, generó un nivel de tolerancia social frente a conductas, discursos y errores que no habrían pasado el filtro en otras gestiones.

Cuando la conversación se traslada a Mendoza, el diagnóstico se vuelve más cauteloso. Verdeslago no ve, al menos por ahora, una figura disruptiva capaz de replicar ese fenómeno a nivel provincial. “Mendoza es particular. Conservadora en algunas cosas, pionera en otras. Correctita”, describe. Y lanza una pregunta incómoda: ¿la sociedad mendocina toleraría un outsider con el nivel de ruptura que encarnó Milei a nivel nacional?

Más allá de los liderazgos, la entrevista entra en un terreno que toca de lleno al oficio: la precarización del periodismo. Jornadas fragmentadas, múltiples trabajos, urgencia permanente y poco tiempo para investigar. “¿En qué momento te sentás a leer un fallo de cien hojas?”, se pregunta. Para Verdeslago, no es solo un problema laboral: un periodismo precarizado termina siendo funcional al poder, porque reduce la capacidad de control y profundidad.

A eso se suma otro obstáculo creciente: el acceso a la información pública. La periodista advierte sobre retrocesos concretos en Mendoza, desde restricciones en el historial de declaraciones juradas hasta trabas operativas que vuelven inviables investigaciones en tiempo real. “Si se quejan de responder informes, publiquen los datos en la web y listo”, dispara. El mensaje es claro: la información no es del periodista, es de la sociedad.

En el tramo final, el debate se proyecta hacia el futuro. Redes sociales, fake news e inteligencia artificial aparecen como desafíos inevitables. Verdeslago no cae en el alarmismo, pero marca un límite infranqueable: la tecnología puede asistir, pero no reemplazar el trabajo humano. “La entrevista no la va a hacer por mí. A mí no me reemplaza ir, mirar, hablar con alguien cara a cara”, afirma.

En un tiempo donde la manipulación, el recorte y la desinformación circulan a velocidad récord, su conclusión suena casi contracultural: volver a lo básico. Caminar, preguntar, escuchar, contrastar. “El cara a cara va a valer oro”, dice. Y en esa frase se condensa no solo una advertencia, sino también una definición de periodismo.