sábado, septiembre 19 2026
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Lo que comenzó como una avivada de marketing terminó en una retirada desprolija y apurada. Tras un planteo judicial por el uso indebido de una marca asociada a la identidad provincial, la alianza de Unidad Popular y el Partido Federal abandonó el nombre “Manso Frente” y se refugió en un sello genérico de ocasión. El episodio dejó al desnudo una dirigencia sin ideas, más preocupada por el artilugio comunicacional que por ofrecer un proyecto serio para Mendoza.

Lo que nació como una picardía de manual terminó convertido en un papelón político. La alianza conformada por Unidad Popular y el Partido Federal creyó haber encontrado una fórmula ingeniosa para colarse en el escenario electoral mendocino: apropiarse de un término que hoy está profundamente asociado a la comunicación oficial de la provincia y presentarlo como identidad partidaria. El resultado fue exactamente el contrario al buscado. En lugar de instalarse en la agenda por propuestas o liderazgo, quedaron expuestos por una torpeza que mezcla desconocimiento jurídico, viveza criolla mal entendida y una preocupante falta de ideas.

Hay que tener la cara de piedra. O, al menos, un absoluto desprecio por las reglas de juego. El kirchnerismo mendocino —ese sector que suele moverse en los márgenes del reglamento y tantear hasta dónde puede estirar la cuerda— acaba de protagonizar un capítulo que roza lo grotesco. Intentaron apropiarse del término “Manso”, hoy parte central del concepto “Mendoza, Manso Destino”, una marca instalada por el Estado provincial con recursos públicos y una estrategia de posicionamiento clara. Les salió el tiro por la culata.

La maniobra era tan burda como previsible. El objetivo era simple: confundir al electorado en el cuarto oscuro, aprovechar una asociación ya instalada en el imaginario colectivo y generar un efecto mimético que les permitiera rascar algunos votos. No era audacia política; era oportunismo de corto vuelo. Y como toda picardía mal ejecutada, duró lo que un suspiro. Los apoderados de la coalición gobernante reaccionaron con rapidez y presentaron la impugnación correspondiente. El golpe fue directo al mentón: no se puede utilizar como nombre partidario un activo intangible que el Estado provincial ya consolidó como marca institucional.

Desde las llamadas “usinas jóvenes” del espacio —esos laboratorios de redes sociales donde se diseñan estrategias alejadas del pulso real del ciudadano común— intentaron bajar el tono del escándalo con chicanas y bromas de café. Pero la realidad jurídica no se resuelve con memes. Ante el riesgo concreto de recibir un revés fulminante por parte de la Junta Electoral, los dirigentes que responden a las directivas del Instituto Patria optaron por no esperar el fallo.

Arrugaron. No hay eufemismo que lo disimule.

Este sábado, a primera hora, ingresaron el escrito con un nuevo nombre: “Fuerza Patria”. Un sello que huele a naftalina, una denominación genérica, vacía, intercambiable, que podría pertenecer a cualquier distrito y a cualquier época. El cambio dejó en evidencia algo más profundo: la ausencia total de un proyecto local propio. Pasaron del intento de mimetización oportunista a refugiarse en la retórica de siempre, esa que se repite como un mantra cuando no hay ideas nuevas que ofrecer.

Pero el enredo no termina ahí. Lejos de ordenar el frente opositor, la decisión abrió una nueva interna. Ahora son sus propios “compañeros” del peronismo tradicional los que están que trinan. La palabra “Fuerza” es utilizada por intendentes y sectores del PJ mendocino para diferenciarse de La Cámpora y del kirchnerismo duro. El resultado es un espectáculo patético: se están sacando los ojos entre ellos por un nombre, por un cartel, por una marca, mientras la provincia espera debates serios sobre economía, seguridad, producción y desarrollo.

Lo ocurrido no es apenas una anécdota de campaña ni un simple cambio de denominación. Es el reflejo fiel de una dirigencia que, ante la falta de votos, de gestión y de credibilidad, intenta ganar terreno con atajos comunicacionales. Creen que la política se reduce a un ejercicio de “naming”, a una jugada de marketing, a una viveza pasajera. Mendoza, sin embargo, no es un laboratorio para improvisados. Y mucho menos para quienes subestiman a un electorado que ya aprendió a distinguir entre un proyecto serio y un truco barato.

Les cortaron el chorro a tiempo. Y el episodio deja una enseñanza clara: cuando no hay ideas, cuando no hay rumbo, ni el mejor nombre alcanza para disimular el vacío.