sábado, septiembre 19 2026
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A las 23:58 del 24 de diciembre todo se cae. Así, de golpe. Como se caen las cosas que nadie cuida. No por hackers rusos ni por chinos ni por conspiraciones raras. Se cae porque estaba sostenido con alambre, fe y un reinicio automático los domingospara que aguante”.

El celular vibra arriba de la mesa, entre el pan dulce abierto y la sidra tibia. Nadie quiere mirar. Siempre hay uno que dice “a mí me anda”, otro que comenta “seguro es el proveedor” y alguno pregunta si ya probaron apagar y prender. El vino corre, la paciencia no sobra.

Ese sistema venía mal desde hacía tiempo. El disco casi lleno, la memoria justa, servicios levantados a medias que nadie se animaba a tocar “por las dudas”. Funcionaba, sí, pero apenas. El certificado vencía justo a las doce, y nadie lo vio. Total, eso se renueva solo… ¿no?

A las doce y algo vuelve. Pero vuelve a medias. La página carga, algunas funciones sí, otras no. El panel tarda, la API responde cuando quiere. Aparecen mensajes extraños en el navegador y alguien pregunta quién se ocupaba de eso. Silencio. La persona que sabía está de vacaciones, que en sistemas significa que nadie más tiene las claves.

El grupo de WhatsApp se llena de audios largos que no dicen demasiado. Mientras tanto, alguien entra. No rompe nada. No hace nada extraordinario. Entra. Porque la VPN quedó abierta “por las dudas” desde septiembre. Porque hay un usuario que usan todos. Porque la contraseña no se cambia desde que Mauricio Macri era presidente

La red está toda mezclada: servidores, pruebas, backups, todo en el mismo lugar, sin separar nada, sin mirar quién entra o sale. Desde adentro se ve todo, como una casa sin puertas.

No hay alertas porque eso era caro. No hay monitoreo real, solo un tablero que alguien miraba cuando se acordaba. Los registros se borran solos y nadie los revisa. El sistema de seguridad quedó para el año que viene. Siempre queda para el año que viene.

A las doce y media alguien abre un correo desde el celular. Habla de un ajuste de fin de año. Está bien escrito, con logo, firma y tono serio. El adjunto parece un PDF. En el celular no se nota que termina en .exe. Se toca, se acepta, se sigue brindando. Es Navidad y nadie quiere desconfiar.

Ahí empieza el recorrido. Tranquilo, sin apuro. Va pasando por sistemas, copias de respaldo conectadas al mismo lugar, archivos con contraseñas en texto plano. Todo junto, todo mal organizado. A la una y pico aparece un mensaje educado, casi amable, diciendo que todo está cifrado y que esperan respuesta. Felices fiestas.

Buscan el plan de contingencia. Existe. Está guardado… en el mismo servidor que ahora no responde. El contacto de emergencia ya no trabaja ahí. El proveedor responde con un mensaje automático deseando felices fiestas. El soporte atiende recién en horario hábil. Alguien propone pagar. Otro dice que mejor ver después del brindis. El problema no espera.

De rebote se cae otro sistema que dependía de ese. Nadie lo sabía. Nunca se documentó. Se cae una web pública y aparece una página cambiada con saludo navideño incluido. No hay guardia. No hay responsable. Es feriado.

El 25 a la mañana no hay sistema, no hay datos, no hay copias que sirvan. Empiezan los comunicados formales, llenos de frases vacías, hablando de “incidente técnico” mientras la información ya anda dando vueltas por lugares que nadie quiere mirar.

Y no fue mala suerte.
Fue abandono.
Fue dejar todo para mañana.
Fue confundir que algo funcione con que esté bien hecho.

Amanece. El arbolito sigue prendido, el asado es sobra fría y el vino quedó destapado arriba de la mesa. Alguien dice que el año que viene hay que ordenar las cosas. Que hay que documentar, separar sistemas, probar backups, cambiar contraseñas. Nadie anota nada. Nadie abre un ticket.

El sistema sigue caído. Las excusas no. Porque en informática, como en la vida, nadie viene a salvarte si no te ocupás antes.

La hermosa navidad no rompe nada. Solo llega cuando todo está solo, sin mantenimiento y sin nadie que se haga cargo. Y a las 23:58, mientras se destapa la sidra y se sirve el vino, todo lo que se hizo mal durante el año pasa factura.

Como siempre.

En sistemas como en la vida, jamas dejen las cosas para después, quizás sea tarde…

Feliz Navidad, gordos compu.

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