Orden fiscal y menos desigualdad: el Indec confirma el rumbo económico del Gobierno
Los datos oficiales del tercer trimestre de 2025 muestran una leve pero significativa baja en la desigualdad del ingreso. En medio del ajuste y la corrección de los desequilibrios heredados, el Gobierno de Javier Milei empieza a exhibir resultados concretos que contradicen el relato opositor y marcan un cambio de rumbo económico y social.
Los últimos datos publicados por el INDEC correspondientes al tercer trimestre de 2025 confirman un dato que el Gobierno viene sosteniendo desde el inicio de la gestión de Javier Milei: aun en un contexto de corrección profunda de desequilibrios macroeconómicos, la desigualdad comenzó a descender.
El coeficiente de Gini —uno de los indicadores más utilizados para medir la distribución del ingreso— se ubicó en 0,431, mostrando una leve pero significativa mejora respecto del 0,435 registrado en el mismo período de 2024. Puede parecer un cambio marginal, pero en términos estadísticos marca un punto de inflexión luego de años de deterioro sostenido bajo modelos basados en emisión monetaria, déficit fiscal y un asistencialismo crónico que nunca logró resolver los problemas estructurales del país.
La clave no está en negar que la Argentina sigue siendo un país desigual, sino en comprender el rumbo que empiezan a mostrar los indicadores. La brecha entre los hogares de mayores y menores ingresos se redujo: pasó de 14 a 13 veces. Es decir, aun con la eliminación de privilegios, subsidios discrecionales y transferencias políticas, el esquema de orden fiscal y estabilización comenzó a achicar diferencias que el populismo prometió resolver durante décadas y jamás logró hacerlo.
Durante años se habló de “igualdad” como consigna, pero se la financió con inflación, controles artificiales y un crecimiento desordenado del gasto público. El resultado fue exactamente el opuesto: salarios pulverizados, pérdida del poder adquisitivo, informalidad récord y una creciente dependencia del Estado. La inflación, en particular, operó como el impuesto más regresivo, castigando con mayor dureza a quienes viven de ingresos fijos.
Hoy, los números muestran otra lógica. El ingreso promedio per cápita del total de la población alcanzó los $634.451, mientras que la mediana —el valor que divide a la población en dos mitades— fue de $463.333. Esta diferencia evidencia que una parte significativa de los argentinos todavía se ubica por debajo del promedio, pero también muestra que la recomposición comienza a darse desde bases reales, sin maquillaje estadístico ni atajos inflacionarios.
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Un dato especialmente revelador del informe del INDEC es la composición de los ingresos según nivel socioeconómico. En los sectores más pobres, los ingresos no laborales —jubilaciones, pensiones y ayudas sociales— representaron el 60,1% del ingreso total familiar. En contraste, en el decil más alto apenas alcanzaron el 12,8%. Este desequilibrio expone con crudeza el problema heredado: una estructura social profundamente atada a transferencias y no al trabajo productivo.
Justamente, uno de los ejes centrales del programa económico de Milei apunta a romper ese círculo vicioso. La apuesta del Gobierno es clara: terminar con un sistema que reproduce dependencia, desalienta la inversión y castiga al que produce, para avanzar hacia una economía basada en reglas claras, estabilidad monetaria y generación de empleo genuino.
Lejos del relato catastrofista instalado por sectores de la oposición, los datos oficiales confirman que el ajuste no cayó sobre los que menos tienen, como se repetía de manera insistente. Por el contrario, el reordenamiento económico empieza a sentar las bases para una reducción genuina y sostenible de la desigualdad. Menos inflación, equilibrio fiscal y previsibilidad no son consignas ideológicas, sino condiciones necesarias para que los ingresos dejen de licuarse mes a mes.

La baja del coeficiente de Gini no es un logro aislado ni producto del azar. Es el primer síntoma de que un modelo basado en la disciplina fiscal, la libertad económica y el fin del Estado como herramienta clientelar puede generar resultados distintos a los del pasado. No se trata de soluciones mágicas ni inmediatas, sino de una dirección clara después de décadas de improvisación.
Tras años de discursos progresistas con resultados regresivos, la Argentina empieza a mostrar, por primera vez en mucho tiempo, que ordenar la macroeconomía también es una política social. Y esta vez, los números del INDEC no dejan demasiado margen para la discusión.




