Presupuesto 2026: Milei pasó la general y expuso el límite del “consenso”
El Gobierno logró la media sanción del Presupuesto 2026 con una mayoría trabajada voto a voto, ratificando el rumbo del equilibrio fiscal, aunque la oposición logró bloquear un capítulo clave y volvió a mostrar su resistencia a perder privilegios.
En el debut de las sesiones extraordinarias, el oficialismo consiguió un objetivo central: la Cámara de Diputados aprobó en general el Presupuesto 2026, una pieza clave para consolidar el programa económico de Javier Milei y darle previsibilidad al año que viene. No fue sencillo, no fue limpio y tampoco fue completo, pero el mensaje político quedó claro: el Gobierno avanza aun en minoría, mientras la oposición se refugia en el bloqueo y la especulación.
Con 132 votos afirmativos, 97 rechazos y 19 abstenciones, el proyecto pasó el primer gran escollo. La mayoría se armó con el interbloque Pro-UCR y gobernadores peronistas que, aun sin coincidir ideológicamente con la Casa Rosada, entendieron que sin presupuesto no hay gestión posible. Catamarca, Salta, Tucumán, Misiones y San Juan jugaron a favor de la gobernabilidad. No es un dato menor en un Congreso fragmentado y acostumbrado a la parálisis.
Sin embargo, el oficialismo sufrió un revés relevante en la votación en particular: la oposición logró rechazar el capítulo XI, donde el Gobierno buscaba derogar la ley de discapacidad y el financiamiento universitario, dos normas que ya habían sido cuestionadas por su impacto fiscal y su inconsistencia con el principio de equilibrio presupuestario. El capítulo cayó por un margen ajustado, dejando al Presupuesto “amputado” de una de sus partes más sensibles.
El golpe no pasó inadvertido. En el propio oficialismo admitieron la magnitud del revés y, en las horas posteriores, comenzó a circular la posibilidad de un veto presidencial si el texto final no se alinea con el corazón del programa económico libertario. No sería una decisión caprichosa: Milei fue claro desde el primer día en que no va a convalidar leyes que comprometan las cuentas públicas por presión corporativa o cálculo político.
La sesión fue un retrato crudo del Congreso actual. Mientras Martín Menem, desde la presidencia de la Cámara, y el jefe del bloque libertario Gabriel Bornoroni intentaban ordenar la votación, los bloques “dialoguistas” cotizaban su apoyo caro. Obras, ATN, avales para endeudamiento y concesiones varias formaron parte de una rosca frenética que se extendió hasta la madrugada. Nada nuevo: es la misma lógica que Milei denuncia cuando habla de la “casta”, solo que ahora queda expuesta a plena luz.
La maniobra de último momento del oficialismo —reubicar en el capítulo XI la cláusula sobre la coparticipación porteña y el financiamiento del Poder Judicial— buscó blindar el resto del articulado y evitar futuras judicializaciones. No alcanzó. Algunos aliados, incluso gobernadores que habían acompañado la votación general, decidieron marcarle la cancha al Gobierno y votar en contra de ese capítulo. El mensaje fue claro: apoyan el Presupuesto, pero no están dispuestos a pagar costos políticos propios.
Del otro lado, el kirchnerismo jugó su libreto habitual. Denuncias grandilocuentes, acusaciones de “ajuste salvaje” y discursos que eluden un dato central: la Argentina viene de años de desorden fiscal, inflación crónica y presupuestos dibujados. Nada de eso fue respondido con una propuesta alternativa seria. La crítica fue ruidosa, pero vacía de soluciones.
En ese contexto, el Presupuesto 2026 ratifica el rumbo que Milei viene sosteniendo contra viento y marea. Proyecta un crecimiento del 5% del PBI, inflación anual del 10,1%, superávit primario del 1,5% y superávit financiero, algo casi herético en la política argentina de las últimas décadas. También consolida la baja de la inflación como prioridad absoluta, la verdadera madre de todas las distorsiones que castigaron a los sectores más vulnerables.
Las críticas opositoras apuntaron, como siempre, a la eliminación de impuestos “progresivos”, a los incentivos a la inversión y a la disciplina fiscal. Pero evitaron una pregunta incómoda: ¿cómo se financian derechos sin recursos? ¿Quién paga cuando el Estado promete todo y cobra poco? En esa contradicción vive buena parte del sistema político que hoy se resiste a perder poder.
Lo ocurrido en Diputados deja una conclusión clara: el Gobierno logró avanzar pese a no tener mayoría propia, y expuso las tensiones de un Congreso que todavía no termina de aceptar que el ciclo del gasto sin control llegó a su fin. La media sanción del Presupuesto no es un punto de llegada, pero sí una señal: Milei no gobierna para caer simpático, gobierna para ordenar.
Ahora la pelota pasa al Senado. Allí se verá si la política acompaña un cambio de época o si vuelve a elegir el camino conocido del bloqueo. Mientras tanto, el Ejecutivo ya dejó en claro que no va a negociar el equilibrio fiscal. Y, a esta altura, ese es el verdadero debate de fondo.




