Sol Salinas y el PRO mendocino: diagnóstico interno y señales de reconfiguración
En su paso por Oíd Mortales, Sol Salinas puso en palabras una discusión que atraviesa al PRO desde hace tiempo: la falta de orden, la crisis de identidad y el desafío de reconstruir poder político real en un escenario dominado por Javier Milei y La Libertad Avanza.
Las palabras de Sol Salinas en Oid Mortales no pasaron desapercibidas en la rosca política. No porque hayan sido explosivas, sino porque tocaron un nervio sensible: el estado actual del PRO. Un partido que supo gobernar la Nación, que todavía administra provincias y municipios, pero que hoy parece moverse entre la incomodidad, la adaptación forzada y una autocrítica que recién empieza a asomar.
Salinas habló de crisis partidaria, de desgaste y de la necesidad de repensar el rol del PRO en el nuevo escenario político. Y aunque evitó nombres propios y pases de factura explícitos, el diagnóstico fue claro: el partido perdió centralidad y todavía no termina de encontrar su lugar frente al fenómeno Milei.
En su lectura, el PRO atraviesa una crisis que no es únicamente electoral, sino estratégica. No se trata solo de perder votos, sino de perder claridad. La irrupción de La Libertad Avanza desordenó el tablero de la derecha argentina y dejó al macrismo en una posición incómoda: acompañar, competir o diluirse. Hasta ahora, ninguna de esas opciones parece haber sido resuelta del todo.
La autocrítica que planteó Salinas apunta a ese punto. El PRO, dijo, debe revisar decisiones, errores y formas de construcción política. Y ese mensaje resuena fuerte puertas adentro de un partido que, tras la derrota de 2019 y la fragmentación posterior, nunca logró recomponer una conducción clara ni un proyecto nítido de poder.
En clave rosquera, el planteo tiene varias lecturas. Por un lado, marca distancia con la idea de un PRO reducido a fuerza testimonial o furgón de cola. Por otro, deja en evidencia que acompañar al gobierno nacional no alcanza para sostener identidad ni liderazgo. La política, al final del día, no se construye solo desde la simpatía ideológica, sino desde la capacidad de organizar poder.
Desde Oid Mortales, la escena es conocida: dirigentes que se van, otros que se acercan al oficialismo libertario por pragmatismo, estructuras partidarias debilitadas y una militancia que no termina de saber cuál es el rumbo. En ese contexto, las declaraciones de Salinas funcionan más como síntoma que como solución.
El PRO enfrenta una pregunta incómoda: ¿quiere volver a ser una fuerza con vocación de gobierno o conformarse con administrar espacios marginales dentro de alianzas más grandes? Esa discusión, todavía subterránea, empieza a emerger en discursos como el de Salinas, que ponen sobre la mesa la necesidad de orden, coherencia y proyecto.
También hubo una definición implícita que no pasó inadvertida: sin estructura partidaria no hay poder duradero. La política no se sostiene solo con liderazgos carismáticos ni con discursos disruptivos. Gobernar exige equipos, cuadros, territorio y reglas internas claras. Algo que el PRO, hoy, parece haber relegado en nombre de la supervivencia coyuntural.
La referencia a la crisis de representación no fue casual. El PRO no es el único partido atravesado por ese problema, pero sí uno de los que más rápido perdió centralidad tras haber sido gobierno. La falta de conducción clara y la dificultad para procesar el nuevo escenario explican, en parte, por qué muchos de sus dirigentes buscan refugio en otros espacios.
En Mendoza, donde el PRO forma parte del oficialismo, esta discusión se vuelve aún más concreta. No se trata solo de una crisis nacional, sino de cómo se traduce en armado, gestión y poder real en la provincia. Allí, la pregunta es si el partido será capaz de reordenarse o seguirá funcionando como un socio menor sin capacidad de marcar agenda.
Salinas no ofreció recetas mágicas ni discursos épicos. Lo suyo fue más bien una advertencia política: sin autocrítica no hay reconstrucción, y sin reconstrucción no hay futuro partidario. El mensaje, aunque medido, deja claro que el PRO no puede seguir postergando un debate que ya llegó tarde.
En tiempos donde la derecha discute liderazgo, método y sentido, lo que se dijo en Oid Mortales expone una verdad incómoda para muchos: el PRO todavía existe, pero su rol está en disputa. Y esa disputa, guste o no, recién empieza.




