Terroristas, degenerados y antimineros: el fetiche de la izquierda mendocina
Mientras Mendoza discute cómo modernizar su economía y diversificar su matriz productiva, la izquierda local vuelve a refugiarse en su zona de confort: el caos. Entre la defensa romántica del terrorismo internacional, el culto antiminería sin evidencia científica y la militancia moralmente degenerada que normaliza todo excepto el trabajo, estos grupos han convertido el rechazo al progreso en una identidad política. Su fetiche es uno solo: oponerse a todo lo que implique desarrollo.
La izquierda mendocina atraviesa su mejor momento… pero solo para mostrar su peor cara. Su militancia, lejos de ofrecer propuestas o discutir con seriedad los desafíos productivos de la provincia, volvió a exhibir el mismo repertorio de siempre: vandalismo, consignas prefabricadas, odio al sector privado y un fanatismo casi religioso por cualquier causa que garantice conflicto.
1. Terroristas: el enamoramiento con Hamas y el “relato palestino”
Uno de los rasgos más grotescos del progresismo mendocino actual es su romanticismo con causas violentas del extranjero, especialmente con el conflicto Palestina–Israel.
Mientras el mundo democrático reconoce a Hamas como lo que es —una organización terrorista que secuestra civiles, asesina mujeres, viola rehenes y utiliza niños como escudos humanos— acá la izquierda local flamea la bandera palestina como si fuese el pañuelo verde 2.0.
No defienden derechos humanos: defienden grupos extremistas solo porque son anti Occidente.
Y lo hacen con una inocencia militante que asusta. Para ellos, Hamas no es terrorismo, sino “resistencia”. Quien señale lo contrario es automáticamente acusado de “sionista”, “imperialista” o cualquier etiqueta importada de Twitter.
Esta indulgencia ideológica con el terror es, en sí misma, un signo de profunda degeneración política.
2. Degenerados: la moral selectiva como identidad
La izquierda mendocina también ha convertido la degeneración moral en marca partidaria. Celebran cualquier transgresión, siempre que destruya alguna institución, costumbre o valor tradicional. La provocación es parte de su ADN político.
Lo curioso es que su moral es estricta… pero al revés:
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El escrache es válido si apunta a alguien que produce o invierte.
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La destrucción del espacio público es “libre expresión”.
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La agresión es “reacción social”.
Nada más envejecido que esa rebeldía de cartón que repiten desde hace 20 años. Un dogma rígido disfrazado de libertad.
3. Antimineros: el culto religioso del “no a todo”
El capítulo minero en Mendoza es el ejemplo perfecto.
Mientras la provincia intenta avanzar con el Proyecto San Jorge, con controles ambientales, tecnología y empleo privado, los militantes anti desarrollo salieron nuevamente a las calles con su típico manual:
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pintadas,
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agresiones,
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bloqueos,
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y un relato apocalíptico cargado de ignorancia.
No presentan estudios.
No debaten.
No generan alternativas.
Solo dicen “no”.
Son consumidores seriales de miedo: necesitan enemigos para justificar su existencia. Una minería responsable los dejaría sin causa, sin bandera y sin militancia. Por eso la odian tanto como al empleo privado.
La ministra de Seguridad, Mercedes Rus, fue clara: hubo violencia, hubo daños y habrá denuncias. Pero para la izquierda, el vandalismo nunca es problema si lo ejercen ellos mismos. La hipocresía es estructural.
4. El fetiche político: oponerse para no desaparecer
La izquierda mendocina no es ambientalista, no es progresista ni es pacifista.
Es anti todo.
Anti minería.
Anti policía.
Anti empresario.
Anti prensa.
Anti Israel.
Anti occidente.
Anti producción.
Anti inversión.
Anti cualquier cosa que implique progreso real.
Su proyecto consiste en administrar pobreza, fabricar indignación y sostener una militancia obediente basada en el conflicto permanente.
Mendoza quiere crecer. Ellos necesitan frenarla.
Mientras la mayoría de la sociedad pide modernización, empleo privado, inversiones y una provincia que deje de mirar al siglo XIX, la izquierda mendocina insiste en fosilizar el debate. Quieren que nada cambie porque viven —política, económica y emocionalmente— de que todo siga igual.
Pero la realidad es más fuerte que su manual ideológico: Mendoza necesita avanzar.
Y estos grupos, cada vez más radicalizados, cada vez más inconsistentes, cada vez más aislados del mundo real, se han convertido en el obstáculo más ruidoso… y menos representativo.
Pueden seguir jugando a la revolución de redes y pintadas.
Lo cierto es que ya nadie les cree.




