José Valerio vs Dalmiro Garay: estalla la interna de la Suprema Corte de Mendoza
El juez José Valerio rompió la armonía interna de la Corte y lanzó un descargo incendiario contra la tercera reelección de Dalmiro Garay. Denunció falta de alternancia, vínculos incómodos con otros poderes y un modelo de conducción que, según él, se aleja del espíritu constitucional.
La reelección de Dalmiro Garay como presidente de la Suprema Corte de Justicia de Mendoza, sellada en una reunión reservada y formalizada en la Acordada 32.325, permitió algo que el Palacio de Tribunales venía conteniendo desde hace tiempo: un quiebre expuesto, visible, casi inevitable. En el mismo acto en que Garay logró su tercer mandato consecutivo, Valerio decidió dejar asentado un voto disidente que no se limitó a una objeción técnica. Fue un mensaje político de alto voltaje, apuntado directamente a la conducción del máximo tribunal, a sus formas y a sus relaciones institucionales. Su intervención dejó en claro que la Corte ya no habla al unísono, y que la tensión interna creció lo suficiente como para desbordar los acuerdos tácitos que solían blindarla.
Valerio fundamentó su rechazo desde un principio rector: la Constitución de Mendoza exige alternancia. El artículo 156 —citó con énfasis— establece que la presidencia de la Suprema Corte “se turnará entre sus miembros”. Ese mandato, en su interpretación, no es decorativo ni secundario: es una columna de equilibrio dentro de un poder cuyos miembros son vitalicios. Por eso, aunque la Ley 9.423 habilite reelecciones, para Valerio esas reelecciones deben entenderse como excepciones, no como una vía para perpetuar la concentración del rol en un solo ministro. Su advertencia fue clara: con tres reelecciones consecutivas, la Corte se está alejando del espíritu constitucional y construyendo un modelo de conducción cada vez más personalista.
Pero el punto más incómodo llegó después. Valerio no solo cuestionó la continuidad; cuestionó a Garay. Fue directo al señalar “la forma en que se ha dirigido la Suprema Corte”, una crítica velada pero consistente con discusiones previas que ya quedaron plasmadas en acordadas anteriores. Y, sobre todo, apuntó a las “relaciones con los otros poderes”: un tiro por elevación hacia el vínculo político que Garay mantiene con el Ejecutivo provincial, vínculo que proviene de su rol como exministro de Gobierno de Alfredo Cornejo y que, para Valerio, tensiona la idea de independencia judicial.

La mención no fue casual. Los vínculos entre Garay y la Casa de Gobierno son un dato público, pero dentro del Poder Judicial funcionan como una incomodidad que muchos prefieren no tocar. Valerio no solo lo tocó: lo expuso, lo cuestionó y lo dejó asentado en un documento formal. Además, sumó otro dardo: criticó la forma en que se conducen órganos extrapoderes como el Consejo de la Magistratura, el Jury de Enjuiciamiento y la Junta Electoral, todos espacios sensibles en los que Garay acumula influencia. Fue, en pocas palabras, una denuncia institucional desde adentro hacia el propio presidente.
La respuesta de Garay, apenas horas después, buscó bajar la espuma. Dijo que la diferencia de criterios es “normal” en un cuerpo colegiado, que su rol es “contener” esas miradas y que la continuidad era necesaria para concluir procesos en marcha. Incluso se declaró a favor de la alternancia en abstracto, aunque sin explicar cómo encaja esa postura con su tercera reelección consecutiva. Intentó cerrar el capítulo asegurando que “esto termina acá”, una frase que, lejos de convencer, confirmó la magnitud del debate interno que la Corte intentaba evitar.
Porque la realidad es que el voto de Valerio no fue un raye personal ni un gesto espontáneo. Fue una advertencia sobre el rumbo institucional del Poder Judicial, un planteo jurídico sólido y, al mismo tiempo, un tiro político directo al corazón del esquema de poder que Garay consolidó en los últimos años. La Corte quedó dividida 5 a 2: mayoría para reelegir, minoría que cuestiona el modelo. No es solo una votación: es el mapa actual de una interna que dejó de ser soterrada.
La continuidad de Garay, en este contexto, logra sostener la conducción, pero al costo de visibilizar una grieta que antes se contenía en pasillos. Valerio abrió la discusión que nadie quería dar: ¿hasta qué punto la Corte ejerce su independencia? ¿Dónde termina la legalidad y empieza la conveniencia política? ¿Cuánto poder puede acumular un presidente con reelecciones sucesivas?




